Encuentro cartas de Dios tiradas por la calle y su firma en cada una, y las dejo donde están porque sé que dondequiera que vaya otras llegarán puntualmente.
(Walt Whitman)
 
 
 

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POESÍA Y CANTE. LO MÍSTICO EN ENRIQUE MORENTE

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KiKe Sáez Palazón. Bachiller en Teología

El flamenco es una música conocedora de lugares profundos, resonancias olvidadas, rancias, perdidas, propias del sentir de un pueblo. El cante de Enrique Morente conjuga tradición con maestría renovadora que se ha sabido servir de acertados recursos, uno de ellos es la poesía. La música que Morente escoge para letras tan propias de nuestro patrimonio literario como si mi voz muriera en tierra..., que tengo yo que mi amistad procuras..., que bien se yo la fonte...traspasa el páramo en el que nos había sumido la poesía para adentrarnos en un valle al que sólo su voz redonda y el místico compás del flamenco pueden llevarnos. La dynamis que el quejío de Morente impulsa a la poesía, estremece nuestra comprensión más profunda de algunos temas vitales y en especial de uno englobador de todos ellos: la fe.

Algo presente en la música de E. Morente es este latido humano de constante pregunta por Dios, la vida, nuestro gran apego a ella: yo vuelvo por mis alas, dejadme volver. Quiero morirme siendo amanecer, quiero morirme siendo ayer (Lorca) Semejante búsqueda no es fría y desapasionada, utiliza de un contexto determinado, hay un hondo contenido social en ella procedente de un pueblo marginado y explotado como es el andaluz y más concretamente el gitano, carne de yugo ha nacido más humillado que bello (M. Hernández). Nos adentramos en el terreno de una percepción mística de la realidad fruto de la conjugación de estos elementos (flamenco y poesía).

Unos versos cantados por “tangos” de Bergamín nos ayudan a descubrirlo aunque en este caso la referencia sea el “toreo” y el origen otro poeta -S. Juan de la Cruz, esa soledad sonora de música, de silencio, ese inaudito invisible, saber que es sabor del tiempo...Otras veces las referencias vienen del sentir popular, para captar por ejemplo algo tan profundo como el amor de una madre y la reconciliación por encima de toda condición: Dulce María dime: ¿verdad que te encontraste, cuando bajabas la colina oscura -retumbaba la tarde-, con la madre de Judas -también muerto-, y os abrazasteis y llorasteis juntas como dos madres?.

Es el “plus” que Morente añade al ya de por sí penetrante flamenco, un híbrido melancólico y alegre a la vez capaz de tintar la realidad, escarbarle nuevos sentidos, descubrir los ya olvidados, sumarles una gran ternura, como muestra la letra de esta vidalita: Tristes estilos de amor, la vieja sonanta gime y una pena negra oprime la garganta del cantor, porque el viento del dolor que aúlla en la lejanía, le arrancó la alegría a lo bordones de plata de aquel clavel escarlata que trajo de Andalucía... Como vemos la huella que el dolor ha dejado en el flamenco es indeleble, y así se sigue manifestando en Morente, desde la soledad: decadencia, “to” el mundo me da de “lao”, porque me ven en decadencia (tradicional) o la misma pena: tengo una pena muy mala que yo no quisiera que se me quitara (M. Machado), o yo no me he muerto de pena porque no supe sentir, a mi corto entendimiento le agradezco (a Dios) yo el vivir (tradicional).

El arte de Morente abre simientes de profundidad, nos ara una nueva comprensión de la vida, quién lo ha oído cantar a S. Juan de la Cruz por ritmos tan catharticos como los del tango “que bien se yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche, aunque es de noche...” o la bulería festera tornada oración “un pastorcillo, sólo, esta penando, ajeno de placer y de contento, y en su pastora ha puesto firme el pensamiento y el pecho del amor muy lastimado” sabe a que me refiero, mis palabras no pueden delimitarlo, no en vano se le ha considerado como el gran adaptador.

Un hombre que ha aprendido a leer con su cante la poesía, nos enseña a mirar y volver al mundo con ojos nuevos.

 
 
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