Todo es una perla brillante, incluso el antro del demonio de la montaña negra
(Dogén)
 
 
 

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LA MUERTE Y LOS ARTISTAS DEL CASTELLANO

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Antonio García Ramírez

Somos famosos los habitantes de la península Ibérica, por nuestra obsesión por la muerte. En la literatura castellana (no conozco ni la catalana ni la vasca, ni la gallega, ni la lusa) encontramos a lo largo de los siglos almas creativas que reflejan este sentimiento ante lo inevitable. De los doloridos y al tiempo sapienciales versos de Jorge Manrique, hasta la larga y variada espera de la mano de nieve que es toda la poesía de José Bergamín. Muerte deseada como umbral tras el cual se halla la verdadera vida para los místicos como Santa Teresa, o muerte denostada por aprovechada y ladrona, por alzar tan temprano el vuelo, que dijo Miguel Hernández. Muerte, cuya cercanía impone la cordura a quien la locura hiciera inmortal, y al mismo tiempo, al medroso por cuerdo, le sugiere el valor de la vida sin cuentas ni previsiones, según el final que al Quijote le diera Miguel de Cervantes.

La muerte, acompañada del luto, es un hecho que es ocultado intencionada e interesadamente en nuestra cultura X? actual. En la cultura de los limpios y funcionales tanatorios que escamotean esa incómoda presencia. En la cultura de los eufemismos y las elipsis para no decir muerte, muerto, morir. Con la muerte, el consumo y el modo de producción capitalista no es eterno sino destruible. ¿De qué sirve almacenar cosechas, comprarte ropa como la Venus más bella, especular en la bolsa o con terrenos inexistentes? Somos polvo, que será enterrado y desterrado. Sí, la muerte lo pone en crisis todo. Hasta el PSOE, que ya no gobierna, Mario Conde que pasó fugaz y hasta el más insensato de los mortales (casi animales).

Esta sensación la sintió Quevedo y en sus palabras hemos conocido a la muerte por sus adentros. Con el señor de la Torre de Juan Abad, ácido y pesimista, hemos sobrevolado los páramos del morir y hemos descubierto que la muerte es trabajadora, y emplea la hora y el momento como azadas para cavar nuestra sepultura; ella que la mayor parte se pasa en contentos y locuras (a esa parte que deja un resto de presentes sucesiones de difunto), y sólo a la menor se guarda el sentimiento, y tan injusta es la desproporción que llamarla vida a la primera, agravio es de la muerte. Por eso, juzga con severidad el presente y todo en él le parece recuerdo de la muerte. Pero eso sí, rayo maravilloso de luz cálida, la postrera sombra, la que nos llevare al blanco día, no puede impedir que el alma, llama nadadora, fuego incombustible, vuelva una y otra vez a aquella ribera donde ardía, que el amor es insumiso a ley severa y aunque polvo, lo es enamorado.

No sólo el Barroco español, sino también el ilustrado Goya en su etapa negra. O Zurbarán que pinta la muerte en esos fondos negros, como la susodicha negra muerte, sobre los cuales, la blancura de los hábitos dominicos son una esperanza, matizada por la calavera de igual o mayor blancura, que contempla serio el monje. Mucha gente competente que escribía, pintaba y sentía cómo su vida se moría y nos recordaba que todos moriremos, si no hemos muerto ya. En la música pop-rock-punk actual de nuestro país encontramos a la dama de la guadaña. Los Enemigos con su La Vida mata (1991) nos lo transmitían con aliento etílico. Los desaparecidos 091 en El baile de la desesperación (199 se preguntaban, como hacía Quevedo, por la vida, y como en Quevedo, nadie respondía, tan sólo en el mismo interior: “qué mala es”. También en Albacete se lo preguntan cantantes de talla como Fernando Alfaro, dentro de su obra. En Mis huesos son para ti, que habla del sin sentido de la muerte, sin guión, sin noticias. Busca la eternidad que rompa el maleficio del otro lado en El final de una quimera; ¿habrá un redentor que nos desate de esta ley natural?.

Cantantes extranjeros, no los más escuchados en las radio-fórmulas, pero con inquietudes (Leonard Cohen o Nick Cave o Patti Smith o Lou Reed o PJ Harvey o REM o Créme Brulée) se cuestionan por lo desconocido o lo innombrable.

Los seguidores (no perseguidores) de Jesús de Nazaret nos encontramos en este universo, perdidos en la oscuridad como el que más roto. Sólo confesando con fe la luz de su resurrección (el amor más fuerte que la muerte, que dice el Cantar de los Cantares, otra llama submarina, esta fe que también pierde el respeto a ley severa) podremos ser signos que digan algo a una época tan negra como la muerte. Al rigor mortis enfrentamos nues-tra esperanza, sin negar su rigidez ni ignorar su señorío, con el ánimo que da la voz fuerte del amigo que clama con cariño: Lázaro, sal fuera. Y como Jesús sabía del poderío de la muerte, de vendas y mortajas, de oscuridades y rigideces, aun añade: Desatadlo y dejadle andar.

 
 
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