Un símbolo religioso no se basa en creencia alguna, Y sólo donde hay una creencia hay error
(Ludwig Wittgenstein)
 
 
 

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AD «TUNDAM» FIDEM

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Fco. Javier Avilés Jiménez

De verdadera «tunda» a la fe, al menos en su concepción más existencial y teológica, podría calificarse el motu propio Ad tuendam fidem (18 de Mayo de 1998)[Ecclesia nº 2902, 18 de Julio de 1998, 1084-1089]. Y más dura todavía, resulta la tunda que augura el comentario del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Ratzinger) que acompaña la presentación del citado motu propio. Ambos varapalos, de distinto calado, pues uno es un documento que afecta a la norma canónica (el Código) y el otro un simple comentario autorizado, merecen una serena y profunda reflexión. Desde aquí, baste informar sobre su existencia y avisar sobre sus riesgos: traspasar a la valoración eclesial de la fe, una criteriología que se pensó, ¡cómo son las cosas!, para defender la libertad y el rigor de la investigación teológica, a la hora de discernir las verdades indiscutibles de las que son objeto de legítimo debate y opinión.

La necesidad de precisar penas para cada nivel de fe, es la pista de que, más que defender, se trata de atrincherar, de amurallar la fe. ¿Qué se quiere defender cuando lo que nos falta es libertad para dialogar y apertura para avanzar? ¿De quién hay que defender la fe?. Bueno, y si por lo menos, hechas las «necesarias» distinciones entre fe divina, católica y eclesial, y acompañadas de sus respectivas penas para cuando se atente contra cada una de esas tres categorías, hubiera una sincera consideración hacia la profundidad y anchura, la excelencia y amplitud de la fe que nos salva; si al menos no se incluyeran como verdades reveladas las que, aun definidas por el Magisterio eclesial, se refieren a cuestiones de disciplina o moral, que no colisionan con el corazón del evangelio ni con la finalidad del mismo (que tengáis vida en abundancia) pues aún se podría quitar hierro al tema. Pero, cuando se está hablando de cuestiones como el sacerdocio de la mujer, la anticoncepción o el celibato de los presbíteros, se recurre a la verdad revelada (que es lo que propone Ratzinger) resulta teológicamente inquietante. Pues, aceptada católicamente, la autoridad disciplinar y hermenéutica del Magisterio, llegado el momento, sería más plausible recurrir a una decisión disciplinar y no pretender ensanchar el patrimonio de la fe recibida. A la postre, pudiera ocurrir que estemos tratando con poca fe a la fe, con escasa reverencia la verdad que salva, con nula confianza a la comunidad. Sólo una fe débil debe ser tan «defendida».

 
 
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