Un símbolo religioso no se basa en creencia alguna, Y sólo donde hay una creencia hay error
(Ludwig Wittgenstein)
 
 
 

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EL JUDAÍSMO DE JESÚS. UN LIBRO DE MARIO SABAN

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Kike Sáez Palazón

El judaísmo de Jesús es un libro interesante para conocer mejor el marco de la religión judía y por tanto el contexto donde se desarrolla la figura del rabí Jesús, un rabino peculiar, no institucional pero según el autor un rabino perfectamente comprensible dentro de las categorías socio-religiosas del momento. El libro “explica” a Jesús de está manera resaltando los elementos de continuidad existentes entre la predicación de Jesús y la tradición judía. Conforme se avance en la lectura se llega a la sensación de que no hay enseñanza de Jesús que no tenga paralelo en la tradición véterotestamentaria. Por eso nos preguntamos ¿Es el rabí Jesús tan novedoso como se la ha presentado? Y de serlo ¿Dónde estaría esta supuesta novedad? La respuesta -según el autor- para entender su éxito estaría en la forma de exposición del mensaje.

Lo bueno de la obra de Saban es que nos ayuda a conocer mejor el núcleo ético del judaísmo de Jesús. El autor por ejemplo citando a Ben Chorin nos dice que Jesús ya buscaba el sentido primitivo de la ley -a veces olvidado o desvirtuado-. Visto así Jesús estaba preocupado por otra “pureza” de la tradición. Pero Sabán que no quiere simplificar demasiado su figura nos dice que Jesús es un rabino complejo; en su predicación sus referencias son directas, sin circunloquios, evita los intelectualismos del fariseísmo, posee una gran memoria aplicada -la sentencia y la cita para el momento oportuno-, y posee un gran conocimiento de la tradición profética –clave para entender los episodios en el templo-. El libro del Eclesiástico y los últimos capítulos de Proverbios ayudan a comprender sus parábolas y su paradigma. Todo parece indicar que este paradigma no es otro que el de Hillel el Anciano –aunque haya partes más Shamaítas en la aplicación de la Torá-. La forma de discutir de este rabino es diferente, a un interrogante Jesús en ocasiones responde con otra pregunta –un método típicamente judío- o declarara cómo principal mandamiento el mismo sobre el que se arquitraba toda la fe judía: el Shemá Israel. Sus interpretaciones sobre la Torá son especiales –aunque en honor a la verdad el judaísmo en algunas de sus corrientes ya favorecía esto- pero en ningún caso de superioridad. Las exégesis que Jesús utiliza aplican mecanismos propios de la tradición judía y es por eso que el autor invita a no “cristologizar” las enseñanzas del rabí para poder comprender mejor su mensaje. Esta voluntad desjudaizante con las palabras de Jesús se pude explicar y comprender mejor desde el proceso de gentilización ocurrido en los primeros tiempos del cristianismo.

Jesús predica a los judíos. Sus episodios en los evangelios con los gentiles son: a) el encuentro con la cananea, dónde no parece que Jesús tuviera muchas ganas de predicarles –los llama perros es decir bárbaros-, siendo una escena dentro de los parámetros normales de un rabino de la época; b) el encuentro con el centurión romano dónde es fundamental la petición de los ancianos –el centurión no se acerca al comienzo de manera directa a Jesús- y dónde se debe recordar que gracias al centurión se pudo construir la sinagoga de Cafarnaúm, además al ser Jesús un judío ortodoxo se entienden mejor las palabras a el referidas no soy digno de que entres en mi casa; c) el encuentro con la samaritana, -los samaritanos son grupo escindido de los judíos-, la consideración de Jesús con ellos no será por tanto igual que con los gentiles, siendo sólo la necesidad de beber la que condiciona el acercamiento de Jesús y por último d) el encuentro con el enfermo samaritano dónde Jesús cura a los enfermos a distancia y ya sabemos que sólo vuelve el samaritano por no haber podido cumplir con el rito de purificación en el templo –por ser samaritano-.

El autor es contrario a la idea “cristológica” que presenta a Jesús con una relación especial y única ante Dios. Llamar a Dios “Padre” no era algo nuevo en aquella tradición, el Padrenuestro tiene un origen judío –hay una oración sinagogal en el Día del Perdón dónde se llama a Dios nuestro Padre y nuestro Rey-. Es el proceso de divinización de Jesús el que ayuda a la teología a formar el dogma de la Trinidad. Ningún judío observante tiene impedimento de poder llamar a Dios Padre. El mensaje de Jesús en este tema si “arranca” y “depende” de las Escrituras –Saban replica aquí algunos argumentos en esta línea del teólogo Armand Puig-. Si esto es así, la oración de Jesús no es totalmente original, aunque si –matiza el autor- habría en él cierta conciencia por acelerar la era mesiánica y desde ahí la llegada del Reino de Dios. Frente a la tesis de Joachim Jeremias que dice que el judaísmo contemporáneo de Jesús no utilizaba habitualmente el término Padre para relacionarse con Dios –por ser una palabra marginal- el autor defiende un contexto dónde la “originalidad” o creación de nuevos vocablos por parte de cada rabino no era algo excepcional sino común en las coordenadas históricas de aquel momento. Igualmente en lo que se refiere a la supuesta relativización de Jesús con los alimentos prohibidos dentro del Judaísmo, el autor pone tres ejemplos que también resituan esta perspectiva desde los mismos textos bíblicos: la parábola del hijo pródigo –dónde el hambre de este hijo le hace comer las algarrobas de los cerdos y no la carne del cerdo-; la curación del endemoniado de Gerasa –los demonios están precisamente en los cerdos, cuya carne es impura- y la carta a los romanos (cap 14) que muestra como los judíos de Roma observaban las comidas puras e impuras y como en consecuencia se escandalizaban por los gentiles que ingresaban en el grupo de manera mucho más laxa con aquella distinción alimentaria. La conclusión a la que al autor llega es que Jesús no declaró todos los alimentos “puros”.

El Jesús según Sabán busca el núcleo duro de la Torá. Esto se puede ver en sus interpretaciones sobre el descanso sabático, la originalidad de este “rabino” estaría en la búsqueda del “ajuste ético” que es posible concretar con una mejor exégesis de los textos –una interpretación más perfecta como clave para una moral más correcta-; por ejemplo citando a Sanders en el caso de la curación del hombre con la mano seca, Jesús lo hace simplemente hablando –no hay trabajo físico-, además el Talmud ya dice que no solo la salvación de una vida humana anula las leyes del Sabat sino que basta la posibilidad de peligro inminente para poder romperlo; Jesús interpreta que en el Sabat se puede “hacer lo bueno” (...escoge pues la vida, para que vivas tú y tu prosperidad Dt 30;19), y así parece ser la interpretación del hilelismo, el sábado cómo un día consagrado para hacer “el bien a los demás”. Es curioso en este pasaje que Saban también haga mención a una interpretación de R. Brown donde se menciona que la actividad divina continúa en sábado pues en Dios los hombres nacían y morían en sábado. Dios retiene en su mano tres llaves que a nadie confía: la llave de la lluvia, del nacimiento y de la resurrección de los muertos (Ez 37;13), Dios sigue trabajando en sábado, que Jesús actúe imitando los atributos divinos no significa que se atribuya una prerrogativa divina sino que se encuentra en un nuevo camino de interpretación y búsqueda para con el sentido real del sábado.

A mi juicio el libro de Sabán peca de intentar en todo momento eliminar los posibles elementos novedosos “diferenciados” del contexto en la predicación de Jesús. Sus argumentos continuistas ponen en duda la aparición de cualquier “singularidad” sin la cual sería imposible entender gran parte de la historia –que yendo a velocidades diferentes si ha posibilitado personajes “creadores” que no son totalmente explicables y comprendidos sólo por el contexto-. Pienso que se puede aceptar con rotundidad la “judaidad” de Jesús y a la vez afirmar su novedad –por ejemplo su forma de reinterpretar la tradición o su manera de hablar del Reino de Dios puede que como dice Sabán fueran características ya presentes en el judaísmo de la época pero por ejemplo su contundencia a la hora de hablar de los pobres no es exactamente proporcional a la de los rabinos de su tiempo al igual que su forma de hablar del pan compartido –como uno de los grandes símiles-resumen de su mensaje- no se adecua demasiado a las categorías de purificación reinantes en la mentalidad sacerdotal del momento. La vida de Jesús –por ser encarnada- tiene raíces en el sustrato judío –y el libro de Sabán es un muy buen libro para conocer mejor este sustrato- pero Jesús ya es flora nueva. También el querer intercalar en la visión de los evangelios la sospecha sobre si lo que allí se nos narra y cuenta es fiel con la auténtica imagen del Jesús histórico pone en duda la “motivación” por la que estos evangelios se escribieron y la propia motivación de su seguimiento; cuesta creer que sólo se hicieran por esconder y tergiversar una imagen demasiado judía de Cristo. Aún con todo El judaísmo de Jesús es un libro muy recomendable para todo el que quiera profundizar en los rasgos históricos del fundador –u origen, si no se quiere decir así- del cristianismo.

 
 
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