La conciencia de un mundo real y significativo está íntimamente ligada al descubrimiento de lo sagrado
(Mircea Eliade)
 
 
 

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COMUNIÓN Y DISCREPANCIA O UNA ECLESIOLOGÍA DE DOBLE DIRECCIÓN

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Fco. Javier Avilés Jiménez

Publicado en "Tiempo de Hablar, tiempo de actuar" 107 (2006) 36 - 38

Pueblo de Dios ¿ideológico y sociologista?

La alternativa de la teología vaticana, dentro del programa restaurador del papa Juan Pablo II, al concepto conciliar de Pueblo de Dios, fue la de comunión. Esta alternativa tenía que pasar primero por la justificación de la necesidad de enmendarle la plana al concilio: ¿por qué era preciso arrinconar y sustituir el concepto Pueblo de Dios? El cardenal Ratzinger, precisamente en un congreso sobre la aplicación del Vaticano II (27 de Febrero de 2000 ), achacaba a la eclesiología del Pueblo de Dios un exceso de sociologismo e ideologización. Faltaba pues misterio y fe que serían las notas verdaderamente constitutivas de la Iglesia. Que Pueblo de Dios sea una expresión más ideológica que comunión es un juicio cuanto menos parcial. Empecemos por adelantar que los esquemas ideológicos forman parte de las cosmovisiones, los paradigmas o, más claramente, de las ideas previas que tenemos en toda opinión, creencia y postura vital. Luego, a priori, nada humano hay que no tenga una cierta predisposición y unas opciones que guían nuestra visión y condicionan nuestras decisiones. Lo verdaderamente ideológico – en el sentido negativo de “ideología”, que era el sentido marxista de inversión o perversión de los valores – es ignorar este punto de partida, pretender que yo sí que procedo con un pensamiento totalmente desprovisto de esos esquemas u horizontes de interpretación. Fue la filosofía hermenéutica la que desenmascaró esa suposición y estableció que no hay conocimiento ni interpretación que no cuente con esos “prejuicios” y que, en sí, no son buenos ni malos, pues lo único negativo sería la falta de sentido crítico consistente en desconocerlos. Tachar de “ideológica” una opinión no dice nada si no se precisa cuál es la ideología que subyace a dicha opinión y por qué es criticable. La fe no es ideología, pero no la excluye ni puede excluirla, otra cosa es que la opción ideológica, inevitable en toda opinión y posición intelectual y moral, sea absolutista en su modo de expresarse, irracional en su manera de articularse y exclusivista en su relación con otras opiniones.

¿Cuál podía ser la ideología de Pueblo de Dios? Desde luego que la preocupación de quienes temen en este concepto su visión previa de lo humano y lo divino, lo personal y social, es que sea la ideología que reclama la superación del clasismo en la Iglesia y la sociedad y, para ello, apuesta por la preferencia de los métodos democráticos para la toma de opiniones y decisiones. Y efectivamente, en esa misma conferencia, el cardenal Ratzinger hablaba también de la pretensión de democratizar la Iglesia. En cualquier caso, se esté a favor o en contra de esta opción es inaceptable que antes de entrar a discutir sus argumentos se los tache de ideológicos como si no lo fuera también la postura contraria, la que presupone que todo está bien y así debe continuar porque es, ni más ni menos, cómo Dios lo estableció en la mismísima revelación.

En realidad, y como el mismo Ratzinger conoce muy bien pues es un gran teólogo, el concepto de Pueblo de Dios como expresión para denominar a la Iglesia puede entenderse desde varios horizontes ideológicos. El que preocupa no es desde luego el bíblico de pueblo propiedad de Dios; ni el romántico con su aspiración de identidad diferenciadora. Preocupa el que podría identificarse con una izquierda sociológica y eclesial y sus postulados teológicos y políticos coincidentes en anteponer la urgencia de la justicia y la exigencia de libertad por encima de la afirmación de identidad y reclamo de diferencia. Y por eso mismo, junto a la crítica de supuesto ideologización, la expresión Pueblo de Dios es puesta en cuarentena por su “sociologismo”.

Con lo de “sociologismo” ya se precisa más por donde va el rechazo, o al menos la prevención contra la eclesiología basada en el concepto de Pueblo de Dios. El problema parece estribar en la insistencia en lo comunitario. Que la Iglesia es una sociedad, eso ni la eclesiología más rancia, que se refería a ella como “sociedad perfecta”, puede ignorarlo. Que como sociedad, por mucho que sea la fe su motivación inicial y el Reino de Dios su aspiración final, no deja de tener coincidencias con cualquier grupo humano, eso tampoco se puede negar. Tal vez el verdadero problema no esté entonces en la importancia que se le dé al carácter de sociedad cuanto a la forma específica en que unos y otros creen que esta sociedad deber estructurarse para reflejar fielmente el modelo de relaciones que Jesús de Nazaret quería para sus discípulos, el modelo de relaciones que permita ser signo –sacramento, dice el Vaticano II- del Reino de Dios. Lo que realmente le escama a la eclesiología de comunión del concepto Reino de Dios es que con él y con razón, se reclama una superación de las estructuras verticales o piramidales, en las que toda la autoridad se reserva para determinados ministerios y no se complementan con fórmulas de opinión y decisión más democráticas.

Comunión ¿misterio y fe?

La alternativa sería pues, comunión, en este término la Iglesia se vería más como un auténtico encuentro de Dios con el hombre. Sería pues una realidad de fe y pertenecería al ámbito del misterio, no una mera estructura sociológica. Y mira por donde, pertenecerían también a la fe y al misterio desde la organización jerárquica actual hasta la imposibilidad de la ordenación de mujeres, pasando porque los obispos los nombre el Papa a través de un sistema oscuro y alejado de las iglesias locales, y tantos otros detalles que no dejan de ser de materia sociológica por mucho que se los quiere remitir al misterio. Y es que atribuir a la revelación misma las fórmulas de organización supone ignorar el proceso histórico y cultural en el que se van fraguando así como su evolución histórica, porque aunque se fundamente en los evangelios el papel de Pedro, de ahí a lo que es el papado, hay que pasar por otros avatares que ya no están en los evangelios.

Además de la inevitable pertenencia al campo de lo humano, y por tanto teñido de opciones implícitas y con propuestas organizativas determinadas, la eclesiología de comunión tal como es entendida por quienes la contraponen al Pueblo de Dios, tiene una trampa que la falsea en cuanto verdadera comunión. Y es que cuando se apela al espíritu de comunión se da por sentado que es sólo en dirección única, del pueblo para con la jerarquía, de los teólogos para con el magisterio, de las otras iglesias para con la católica. Es una comunión en la que uno de los polos de la relación que crea esa unión no se mueve de su pose inicial, espera que, de forma mansa y uniforme, todo y todos confluyan hacia el vértice. Esto no es comunión, al menos no la que entabló Dios con la humanidad aproximándose hasta el extremo, hasta las profundidades, en Jesucristo. Tampoco es la comunión del “lo tenían todo en común”, ni la de los ministerios tal como aparecen en el NT, que siempre lo hacen en una complementariedad (los miembros y el cuerpo) y circularidad que tienen más de colegial que de mero amoldarse o uniformarse.

Luego, también la comunión tiene mucho de sociología, valga decir de relaciones, comunidad e historia, vaya, como la misma salvación que se ha hecho historia y sociedad. Pero es que el Pueblo de Dios también tiene de fe y misterio. Porque nadie le puede negar a la experiencia de haber sido llamados por Dios a participar en las relaciones fraternas que transparentan su amor el misterio de su procedencia última en Dios y de su destino último en el Reino. ¿Por qué habría de ser más cercano al misterio de la fe que la toma de decisiones sólo correspondiera a la jerarquía? ¿Por qué esa yuxtaposición, casi absorción, de toda la condición de discípulos por parte de los ministerios ordenados? El Pueblo de Dios es comunión fraterna y en direcciones recíprocas de mutua escucha y común obediencia de todos a la Palabra de Dios y al Espíritu que habla por ella. Y la comunión, cuando se hace realidad en la plena condición bautismal, que es la máxima dignidad a la que puede aspirar el cristiano, hace de sus miembros partes vivas del Pueblo de Dios.

La discrepancia dentro del Pueblo de Dios, una comunión de doble dirección

La prueba de que se entiende la comunión como una dirección única de plegarse a la única voz autorizada de los Obispos y el Papa, olvidando la universal coparticipación de todos los bautizados en la realidad de Cristo, es que se tienda por parte del Vaticano y sus organismos, así como por parte de Conferencia Episcopal y sus declaraciones a reprobar toda discrepancia como falta de comunión. La discrepancia forma parte de la comunión, al menos mientras no niegue los criterios fundamentales de pertenencia. Si la Iglesia, a través de los Obispos, amplia los criterios fundamentales de pertenencia, de modo que abarque hasta el modo concreto e histórico en que la necesaria organización comunitaria ha de darse, entonces, son ellos los que hacen de la comunión un espacio irrespirable. Todo grupo humano tiene criterios de pertenencia, pues un grupo nace cuando hay afinidades que delimitan una comunidad de objetivos y estilos. Pero el grupo de Jesús de Nazaret, donde la autoridad es la del servicio y el espacio delimitado como propio se abre tanto que el maestro recomienda tener por nuestro todo lo que apunte al Reino, “aunque no sean de los nuestros”, entonces los criterios de pertenencia son pocos y esenciales, y por ello el espacio es amplio y acogedor.

La discrepancia, presente en la Iglesia primitiva desde sus orígenes, es una expresión de que la sociedad que formamos quienes seguimos a Jesús, es una auténtica comunión, pues no suprime diferencias sino que las asume en el diálogo y la toma de posturas consensuada en todos los planos y servicios. Estas diferencias nacen de la pluralidad de carismas, sí, pero también de los distintos esquemas de interpretación que, aunque no los llamemos “ideológicos”, son previos y transversales, y siempre legítimos cuando se basan en un intento de ser fieles al evangelio. El exclusivismo que pretende que ser verdadero cristiano es únicamente lo que pensamos y hacemos nosotros, esa es la verdadera ruptura de comunión, no el hecho de que haya distintas interpretaciones que se enriquecen mutuamente y, tal vez, en su reciprocidad, son más acertadas que en su unilateralidad. Para que el Pueblo de Dios sea una verdadera comunión, o para que ésta sea de doble dirección, la discrepancia ha de tener sus cauces de manifestación. Las tácticas de supresión o marginación de la discrepancia sacrifican la comunión y truecan el Pueblo de Dios por una imposición de mi parte, que no por haberse quedado sola va a ser más completa ni más verdadera.

 
 
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