La Iglesia sólo es Iglesia cuando sirve a los demás.
(Dietrich Bonhoeffer)
 
 
 

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TRES PREGUNTAS A CONTEMPLATIVOS

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Que no hay libro de instrucciones para ser hombre de fe en nuestro tiempo, hace tiempo que lo sabemos. Lo que sí tenemos a mano es la memoria de los empeños de otros por vivir en la verdad, una verdad que sólo puede ser precariamente alcanzada en la medida en que se la persigue, porque aún no la poseemos. Y no es poco que estemos alerta para que, en la medida de lo posible, podamos saborear eso que a ellos nos une y descubrimos misteriosamente en nosotros. Por eso convocamos en estas páginas de RUT a tres personas en quienes reconocemos una búsqueda sincera, búsqueda a la que se han dedicado con una constancia y seriedad sólo comparable a lo desapercibidos que pasan para la sociedad.

Aunque alguno de nuestros tres invitados no se reconoce como cristiano, en los tres apreciamos una vida que es consciente de sí misma, que ha cuidado el silencio y la reflexión; en los tres apreciamos que siguen intentando decir su propia palabra sobre la humanidad, sin pretender ir más allá de lo que sinceramente creen y modestamente viven. Por eso, nos atrevemos a presentarlos como contemplativos.

Sin haberlo pretendido, en esta entrevista por triplicado hemos reunido a dos hombres y una mujer cuya historia ha comenzado, ha pasado, o se desarrolla hoy en Cataluña. MONTSERRAT DE LA CRUZ (Barcelona, ¿1950?) es Carmelita Descalza en el Convento de La Inmaculada de Villarrobledo (Albacete). Durante años ha sido superiora de su comunidad y siempre ha estado dispuesta a la animación y el acompañamiento de otros. JOAN CARLES ELVIRA (Barcelona, 1956) es un monje Benedictino del Monasterio de Montserrat y se dedica, entre otras tareas, a coordinar la revista “Studia Monastica”. MANUEL GRANADOS (Granada, 1960), que se confiesa agnóstico, es profesor de guitarra flamenca en la Escuela de Música del Liceo de Barcelona. Su vigoroso espíritu humanista nos ha interesado tanto como su talante inquieto y dialogante. A estos amigos les planteamos tres preguntas.

  1. La primera tiene que ver con el papel que las religiones puedan jugar en el enriquecimiento de lo humano. Bueno será que reflexionemos sobre ello, sin olvidar los pecados históricos de las religiones pero sin pretender que éstos las desautorizan y expulsan del diálogo sobre lo que hoy necesitamos para ser más humanos. Concretamente les preguntamos: ¿cómo ayuda lo religioso a ahondar y crecer en humanidad?.
  2. En la segunda pregunta pedimos que se nos describa ese ahondamiento en la humanidad, o lo que es lo mismo: ¿cómo describirías el crecimiento espiritual?. La estrecha relación que descubrimos entre estas dos preguntas pone en evidencia nuestra convicción de que se puede hablar de lo espiritual en sentido amplio, no específicamente religioso, y que esa espiritualidad “primaria”, tiene que ver con la búsqueda de la autenticidad humana.
  3. Por último, y centrándonos ya en la tradición cristiana, pedimos a estos buscadores que compartan algún eco que haya tenido en ellos y en su itinerario ese Jesús siempre “perdido y hallado”: constantemente perdido en milenarias tradiciones pero una y otra vez hallado en el templo de la humanidad auténtica. Concretamente, les preguntamos: ¿Qué aspectos de la figura de Jesús de Nazaret crees que se han olvidado, o se han recalcado menos, y sin embargo a ti te han ayudado en tu vida y tu búsqueda?

Estos investigadores no nos ahorran nuestra investigación, pero sí pueden ayudarnos a reconocer algunos elementos de nuestro paisaje humano, social y religioso, elementos a los que quizá no habíamos puesto nombre aún.

Joan Carles Elvira. Monasterio de Montserrat

1. Están más que probadas las posibles secuelas negativas de la religión. No obstante, ¿cómo ayuda lo religioso a ahondar y crecer en humanidad?

Existe un viejo adagio latino que reza así: corruptio optimi pessima (la corrupción de lo óptimo es pésima). La religión puede ser ocasión de lo mejor y de lo peor con respecto a lo humano. En el fondo, las personas, más que buenas o malas somos sobre todo ambiguas. Cuanto más se alza uno hacia lo mejor de sí mismo, más sutiles son las tentaciones que lo asaltan. Cuanta más luz irradia una persona, mayor es la sombra que proyecta su figura. La fe –la fe en Dios unida a la fe en uno mismo- nos permite avanzar a través de esa ambigüedad constitutiva, al no ahorrarnos es esfuerzo de la lucidez. La verdadera fe evita que acabemos evadiéndonos de la realidad, por más que nuestras autodefensas instintivas nos inciten a ello tan a menudo. Cuando vivimos de la fe, la conciencia de nuestra finitud no nos aplasta y podemos reconocer en paz que nunca vivimos aquello que habíamos deseado vivir. Pero precisamente la fe puede hacer de esa conciencia un estímulo par avanzar por nuestro camino. La fe, en definitiva, debería ayudar al creyente a vivir mejor su condición humana.

No tengo claro que el cristianismo sea una religión más entre las otras. Con esta afirmación no hago ningún juicio acerca de la superioridad o no del cristianismo desde el punto de vista religioso. Me pregunto únicamente si, a medida que la cultura moderna se universaliza, el atavismo religioso –se exprese como se exprese- inherente a la condición humana no sostendrá cada vez menos la fe en Jesús. Quizás entonces comience una nueva etapa de la misión de un cristianismo en vías de mutación: favorecer una búsqueda de Dios que tenga en la profundización de lo humano su punto de partida. ¿Cómo se concreta esto? Me parece que cada uno debe descubrirlo por sí mismo y para ello hay que prestar especial atención a los acontecimientos y a los encuentros personales que pueblan nuestra vida, pasada y presente. La palabra de Dios, convenientemente interpretada, puede aún ofrecernos valiosas pistas para esa búsqueda. Creo, sobre todo, que cuando alguien alcanza a vivir cercano a Jesús de Nazaret de una manera estable, la fe que deposita en él es factor de maduración humana por las llamadas y exigencias que comporta. Diría que el evangelio, meditado y orado a lo largo de una vida, no ayuda a ahondar y crecer en humanidad por la luz que nos viene de la humanidad misma de Jesús. Nos humanizamos cuando la alegría de las bienaventuranzas llega a sernos connatural, a fuerza de tantos momentos en los que aprendemos a amarlo todo con dolor callado.

2. ¿Cómo describirías el crecimiento espiritual? Ilústralo con etapas y momentos de crisis, si te es posible.

Entiendo por crecimiento espiritual aquel itinerario de fe que logra articular madurez humana y experiencia de Dios. A mi entender, la dimensión personal constituye el punto de partida de la experiencia espiritual. Todo itinerario de fe es siempre un asunto personal, aunque no individualista. Hay crecimiento espiritual cuando uno percibe determinadas llamadas que se traducen en la exigencia interior de un cambio de vida y en el descubrimiento de una nueva manera de ver las cosas. Por la respuesta de fidelidad que estas llamadas suscitan a lo largo de los años tomamos conciencia de la obra de Dios en nuestra existencia y, por extensión, en la de los demás. Esta toma de conciencia revela progresivamente la Presencia que nos habita y que es fundamento de la propia interioridad y de toda comunión interpersonal.

Un itinerario de estas características tiene su pedagogía específica, de la que podrían destacarse tres etapas fundamentales. En un principio se parte de la realidad personal asumida positivamente, como mejor base para iniciar un discernimiento sobre el camino a tomar. Sigue un periodo de integración que pasa por la purificación del corazón, sede del deseo, y por el aprendizaje de una autonomía abierta a la alteridad, cuando es su apertura el Tú divino y a los que le son encomendados el sujeto trasciende desde dentro su subjetividad si negarla. Sólo entonces, en un tercer momento, se atisba la meta del itinerario espiritual, que no es otra que la madurez de la persona centrada en Dios mediante una donación de sí sin reservas pero libremente asumida.

A las etapas de la vida espiritual corresponden otras tantas de crecimiento humano. Así, por ejemplo, la edad de la juventud tiene sus ritmos propios que conviene respetar. Hoy sabemos que, si no explicaciones causales, sí podemos evidenciar ciertas constantes que nos orientan acerca de tendencias verificables en muchos itinerarios personales. Normalmente uno de los momentos más significativos resulta ser el del acceso a la vida adulta, que se sitúa aproximadamente en torno a los cuarenta años. Su signo característico acostumbra a ser una crisis de realismo, cuando la identidad personal y el correspondiente proyecto vital no se armonizan bien con unos ideales venidos a menos. Llega entonces la hora de la verdad de una existencia humana y, bajo una perspectiva cristiana, la hora de la segunda conversión, el momento de la experiencia teologal, cuando nos sostenemos principalmente gracias a la fe, la esperanza y el amor desde una experiencia de Dios en la que la búsqueda de certezas inmediatas deja paso a la confianza radical.

Entre el momento de la juventud y el de la vida adulta media un espacio que, a mi juicio, es decisivo para el crecimiento espiritual. En ese periodo se ponen las bases de la personalidad, con sus raíces y equipamientos. También germinan entonces las semillas de no pocos fracasos que apuntan siempre en el horizonte de la vida humana. Mientras dura el ciclo expansivo de la juventud, nada mejor, pues, que potenciar de manera simultánea la búsqueda de Dios y un sano desarrollo personal. Se crece por esta vía cuando uno explora, desde sí mismo, nuevas síntesis entre lo humano y lo espiritual. Con el tiempo, sin embargo, llegará un momento de ruptura –el de la experiencia teologal-, ruptura que, en el caso del joven abierto a la fe, conviene no forzar antes de tiempo pero tampoco retrasar indefinidamente. El crecimiento espiritual es siempre una delicada obra de discernimiento, cuyos rasgos más genuinos son la discreción y la paciencia de los lentos avances .

3. ¿Qué aspectos de la figura de Jesús de Nazaret crees que se han olvidado, o se han recalcado menos, y sin embargo a ti te han ayudado en tu vida y tu búsqueda?

Me limitaré a señalar un aspecto, el de la comunión que se llegó a establecer entre Jesús y sus discípulos. Una comunión que, a mi entender, era fruto tanto de lo que Jesús aportó a sus discípulos como de lo que éstos, a su vez, suscitaron en Jesús. Es a ese nivel como mejor se nos revela, a mi entender, lo esencial del cristianismo. Para ilustrar lo que quiero decir intentemos aproximarnos a la experiencia de Jesús. Vista de manera global, su vida puede dividirse en dos periodos. El de los inicios, un tiempo de expansión, de éxito, en el que la palabra y la acción de Jesús llegan a las multitudes y provocan una reacción de entusiasmo colectivo. Un tiempo en el que todo parece confirmar las expectativas mesiánicas de un pueblo que no consigue levantar cabeza. Los discípulos participan también de esas mismas expectativas, pues, al igual que los demás judíos, viven de una herencia común. Jesús, sin embargo, descubre, no sin experimentar sus dudas, que de seguir por ese camino dejaría de ser fiel a su misión. Comienza entonces un segundo periodo en el que Jesús se niega a jugar el papel que le viene impuesto por el entorno. Inevitablemente, los enfrentamientos con los representantes del pueblo judío se hacen cada vez más fuertes y el abandono de las multitudes, más evidente. Incluso entre sus allegados se inician las deserciones. Jesús comprende que sus días están contados. Pese a todo, un grupo de discípulos permanece a su lado, a pesar del desconcierto que experimentan ante el comportamiento del Maestro –desconcierto que podemos entrever en numerosos pasajes del evangelio. No llegan a vislumbrar el alcance de lo que se avecina pero confían noblemente en quien les ha despertado a lo mejor de sí mismos, haciéndoles entrever la posibilidad de una existencia totalmente nueva. Nunca nadie como Jesús les había calado tan hondo… Es entonces cuando Jesús cambia de estrategia y se concentra en el reducido número que permanece a su lado. Jesús toma conciencia de la imposibilidad de la obra de Dios entre los hombres si o es desde la humildad y desde la pobreza de medios, e intenta transmitir este mensaje a sus discípulos más íntimos. Comprende que su presencia en ellos y en medio de ellos constituirá el verdadero fermento que prosiga la obra iniciada por él, cuando después de amarles hasta el extremo entregará su vida como última exigencia de su misión. Con el tiempo, nuevos discípulos se irán uniendo a esa comunidad originaria y el futuro quedará abierto. Se cumple de este modo la verdad del mensaje que anunciaban las parábolas: en lo pequeño y humilde se manifiesta eficazmente la obra salvadora de Dios. Reconocemos ahí toda la espiritualidad del “pequeño resto” que recorre la azarosa historia de Israel… Es en las relaciones de persona a persona como Dios quiere hacerse presente a la humanidad. “Cuando dos o tres se reúnan en mi nombre, yo estaré en medio de ellos”. En Jesús somos revelación los unos para los otros. Crecemos en humanidad cuando nos damos a los otros, recibiendo de ellos, en ese don, lo que nosotros solos no llegaríamos a descubrir de nosotros mismos. Marcel Legaut ha puesto de relieve, con la finura humana y espiritual que le caracteriza, el alcance de esa comunión: “Todo induce a pensar que Jesús y sus discípulos conocieron ese alumbramiento recíproco. Jesús los reveló a sí mismos tanto más cuanto que por su parte se descubría progresivamente a sí mismo a través de su misión siempre más clara, imperiosa y original, abierta paulatinamente al infinito del hombre. Y tanto más recibió de ellos cuanto más les dio lo que justamente esperaban sin poderlo expresar o incluso sin ser conscientes de ello. Así, una comunidad de naturaleza absolutamente nueva se estableció entre Jesús y sus discípulos. Nació de lo que se engendraba en él para ellos y por ellos, y de lo que se desplegaba en ellos por él y para él. Esa comunidad ¿acaso no fue, de alguna manera, el origen de la importante intuición que hizo afirmar a Jesús su unión con Dios y con sus discípulos, y descubrir la básica identidad de ambas uniones? Esa comunidad ayudó intrínsecamente a la realización de Jesús y de su misión. Y luego, en el surco de esa primera comunidad, bajo su inspiración y en relación con ella, otras comunidades nacen constantemente, la renuevan y la perpetúan”. De este texto de Legaut destaco dos intuiciones que, a mi entender, dibujan perspectivas del cristianismo apenas exploradas, a no ser por la experiencia mística. La primera es la de la básica identidad entre la unión de Jesús con Dios y la de Jesús con sus discípulos. Así como Dios era para Jesús el padre que le engendraba en su ser de hijo, así Jesús es para sus discípulos el padre espiritual que los engendra a la fe y los transforma interiormente. De igual modo, así como Dios estaba presente en Jesús de una manera única, así Jesús se hace presente entre sus discípulos y es el fundamento de su comunión fraterna. La “resurrección” de Jesús cobra de ese modo contenido existencial para nosotros: Dios quiere hacérsenos presente a través de Jesús. Y segunda intuición: la comunión engendra una comunidad, crea la Iglesia. En esa comunión se da de igual modo reciprocidad: lo que sería imposible que se diese en solitario se alcanza gracias a la colaboración creativa de la comunidad. Me parece que a eso se refería Jesús cuando pidió a sus discípulos que se amaran los unos a los otros como él los había amado. Jesús se dio totalmente a sí mismo para que esa fraternidad fuese fermento de una humanidad que necesita de ella para llegar a su plenitud. En esa humanidad cumplida Dios se reconocerá para serlo todo en todos. Con palabras de Legaut: “Todo sucede como si Dios se buscara a través de un mundo al que intenta crear a su imagen para encontrarse en él de una manera nueva. Dios estaría ligado a la suerte de una creación que Él reemprende constantemente porque constantemente decae. Por ella y con ella, Dios se habría puesto en manos de los hombres. Entonces, la misión de Jesús consistiría en ir hasta el límite de sus fuerzas y de su luz con una perfección digna de la llamada divina, y en introducir así a sus discípulos en los caminos de la obra divino-humana de la que dependen tanto Dios como el hombre”.

Montserrat de la Cruz. Carmelita Descalza (Villarrobledo)

1. Están más que probadas las posibles secuelas negativas de la religión. No obstante, ¿cómo ayuda lo religioso a ahondar y crecer en humanidad?

 Cuando la religión causa efectos negativos, es sencillamente porque se ha vivido mal, ya que “volver” a las Fuentes de la Espiritualidad, es la “salvación del mundo” y la plenitud de toda vida humana. Lo que la dimensión religiosa aporta al crecimiento y desarrollo del ser humano es dignidad y plenitud. Porque el ser humano, creado “a imagen y semejanza de Dios”, es demasiado grande para contentarse con cualquier cosa. La persona humana no es “una máquina productiva”, ni un sujeto que sólo aspire al éxito o al bienestar. Y sabemos que la superficialidad lleva al ser humano a un callejón sin salida. Cuando la persona está creada sobre todo, para cultivar el espíritu, acoger al misterio y, como fruto de esto, experimentar el gozo interior. Una sociedad huérfana de salvación y de esperanza necesita muchas cosas, pero de lo que más tiene necesidad, aunque no lo sepa, es de personas orantes, espirituales, místicas. Porque para crecer, la persona debe adentrarse en su misterio y llegar al corazón de su vida. Lo dijo hace años el Vaticano II: «la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su creador». El problema principal de toda persona, no es la religión, sino la vida, el vivir de una manera digna del ser humano. Y lo que está en la base de todo ser humano, es dar sentido a la propia existencia, actuar de manera responsable y caminar por la vida con esperanza. La persona de hoy, como la de todos los tiempos, no puede acallar los interrogantes que le grita nuestra existencia. Sólo los espirituales -yo diría, y sin miedo, los místicos, los que acogen el misterio- nos enseñan a intuir el enigma del ser humano. Nacido para vivir y abocado a la muerte, buscando remedio a todo, y sin capacidad para remediarse a sí mismo; anhelando la verdad, y autoengañándose constantemente; reclamando la libertad y con miedo a disfrutar de ella… Y éstas no son situaciones extraordinarias, es la realidad cotidiana de cada jornada, que debe ser iluminada por la luz del Dios revelado en Jesucristo. Sólo personas que vivan desde ahí aportarán salvación y esperanza a nuestro mundo.

2. ¿Cómo describirías el crecimiento espiritual? Ilústralo con etapas y momentos de crisis, si te es posible.

El crecimiento espiritual es un trabajo de “limpieza”, realizado en el corazón. Toda la corriente profética del Antiguo Testamento así lo proclama y predica, y Jesús, lleva a plenitud esta realidad salvadora. Opta por la vida interior es entrar en un camino liberador de todas las conscientes o inconscientes esclavitudes que padecemos y nos acechan. Entrar en la Escuela del Evangelio es aprender a amar en libertad, y tener desde ahí una pertenencia fecunda en la Iglesia y con el mundo, si no exenta de conflictos, si cuajada de futuro. Y esto, porque el problema que resquebraja la libertad y superficializa nuestro vivir religioso está dentro del corazón humano. Las crisis son necesarias en todo crecimiento humano y espiritual. Los apóstoles siguen a Jesús en un primer momento, dejando barcas, casa, familia…, después, viene la crisis y el desconcierto del viernes y del sábado. El Domingo, son “encontrados” por el Resucitado, es con esa experiencia cuando aprenden a amar, y el amor hace que se olviden de ellos mismos: …Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te quiero (Juan 21, 17). Y sólo después de esa conversión, Jesús entrega “sus ovejas”, “su Reino”, y confirma a Pedro en su misión. Este proceso es válido para nuestro momento actual. Estamos, creo, los cristianos y los consagrados, demasiado preocupados de nosotros mismos. Nuestro momento histórico tiene sed de respuestas, y nosotros debemos buscar cómo mostrar a los demás el Evangelio, traducido en formas de vida. 3. ¿Qué aspectos de la figura de Jesús de Nazaret crees que se han olvidado, o se han recalcado menos, y sin embargo a ti te han ayudado en tu vida y tu búsqueda? La “espiritualidad del seguimiento de Jesús” es mucho más que un texto o una página del Evangelio. Seguir a Jesús es optar por lo que él optó, y hacer el camino que Él hizo, que Él es. El seguimiento es “muerte” a una forma de vida… y resurrección a otra forma de ser. Cambiar de “lugar” teológica y socialmente. Será porque el Señor me ha regalado la vocación de la vida contemplativa, pero creo que los momentos destacados de la vida de Jesús siempre se realizan en un “espacio” contemplativo. La oración es un hecho destacado en la vida de Jesús; un rasgo esencial que lleva al centro de su Evangelio. Por eso, la oración es un modo fundamental de seguir a Jesús, y de significar el ser de la Iglesia. Por eso, la oración se justifica a sí misma, es seguimiento de Jesús; y es servicio eclesial. El problema de la Iglesia es problema contemplativo místico. Si por un imposible se quisiera borrar a Dios de la conciencia humana, la persona quedaría reducida a un proyecto inacabado. Y todos sabemos que detrás de cualquier tramo de nuestra historia personal, y como respuesta a nuestros interrogantes más hondos, siempre está Jesucristo, como el único Salvador. Un Salvador del que hoy muchos dudan, y al que no pocos han abandonado. Un Dios al que muchos buscan sin saberlo. Un Dios al que, como Pedro, he respondido en los momentos más críticos de mi vida: Señor ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna… (Juan 6, 68). Esta respuesta, más con el ser que con los labios, siempre se realiza en un momento contemplativo. Místico. En mi afán por rescatar la palabra místico y misterio del lugar común donde se la quiere abandonar, debo recordar que en el Nuevo Testamento no tiene el significado que ordinariamente se le da en nuestro lenguaje. Solemos decir: “Es un misterio para mí. Me supera. No lo entiendo”; y si digo: “es un místico”, todavía es una expresión más ambigua, lejana y desconocida. Sin embargo, en el Nuevo Testamento su significado es distinto. El misterio, aunque nunca llegue a ser agotado completamente, puede ser conocido y sobre todo puede ser vivido gradualmente, y además desde la normalidad. Aunque requiera un proceso de formación y de crecimiento en la fe. Este proceso, nos lleva a una creciente comprensión de nosotros mismos, de la sociedad, de la historia y, por encima de todo, de Dios (Lucas 2,52). La persona humana es un misterio también. Somos un misterio unos para otros. Pero lentamente, gradualmente, nos vamos revelando unos a otros, y cuanto más vivimos en relación de amistad, más crecemos y experimentamos el conocimiento. El misterio así vivido es fuente de gozo y liberación. Inicio

Manuel Granados

1.- Como describirías lo que es el crecimiento espiritual

El crecimiento espiritual como cualquier otro tipo de crecimiento tiene que ver con la formación y el medio que te rodea, Nada te es ajeno, los seres y el medio físico que te envuelve en diferentes etapas de tu vida, te sensibilizan hacia unos sectores y sus pronunciamientos, y te alejan de otros. En realidad lo que existen son posicionamientos en muchos casos involuntarios. Dónde más se pone de relieve el crecimiento espiritual es en la etapa de la madurez, en ella considero que se consolida una visión nueva de la realidad propiciada por las experiencias anteriores ahora asimiladas. Este pasado comprendido e interpretado es el que se convierte - siempre que se mantenga viva una actitud de búsqueda - en una llama encendida.

2.- Cómo ayuda lo religioso a ahondar y crecer en humanidad

Lo religioso que podríamos denominar ética y nunca liturgia ni ritual, te debe de ayudar a crecer en humanidad en la medida de los valores que promulgues o busques basándote en los preceptos tópicos de cada religión, desgraciadamente el binomio religioso-humanidad, al no tener contenido, te aleja de la realidad y en cambio si ayuda a crear una humanidad virtual.

3.- Aspectos de la figura de Jesús...

Jesús aporta una visión racional y equitativa de las cosas, del mundo y del hombre; proporciona dignidad al ser humano y a su vez una confianza radical en el prójimo, la cual le posibilita madurar y crecer. Quiero destacar un perfil de Jesús que la instituciones religiosas han desacreditado, hablamos del Jesús más social y crítico con la religión. La dignidad, la capacidad de lucha, el tesón en la búsqueda de un encuentro mejor entre los hombres no es por otra parte patrimonio de ese imaginario, se podría decir que la figura de Jesús sigue siendo importantísima pero entendiendo que otras muchas también lo son, lo fueron y lo serán. Por eso se puede hablar de búsquedas sin tener que recurrir a él y entender que hay otras en las que él es un eslabón indispensable.

 
 
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