La conciencia de un mundo real y significativo está íntimamente ligada al descubrimiento de lo sagrado
(Mircea Eliade)
 
 
 

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Juan Pablo I

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Josep M. Piñol

Artículo aparecido en la revista "Por favor", 21 de Octubre de 1978. RUT agradece a la hemeroteca de Candelario Gómez Flores su colaboración.

A primeras horas de la noche del domingo 6 de agosto, la noticia del fallecimiento repentino de Pablo VI, en su residencia veraniega de Castelgandolfo, sorprendió al mundo. Todos los cardenales de Curia se encontraban de vacaciones, ausentes de Roma, excepto tres, y el propio Vicario del Papa para la diócesis de Roma, el cardenal Ugo Poletti, las disfrutaba en su Novara natal. Apenas veinticuatro horas antes, un comunicado de la sala de prensa había dejado entender que el estado de salud del Papa inspiraba algunas inquietudes.

Así se ponía final a ese largo y atormentado pontificado del Papa Montini, hombre dotado de una cultura extraordinaria y de una notable habilidad diplomática, pero incapaz de llegar, pese a su tesón dramático, al corazón del pueblo, como lo había conseguido espontáneamente Juan XXIII, el Papa Roncalli. Personalmente y por medio de su gran inspiración: "su" Concilio Ecuménico Vaticano II.

Todo el mundo, excepto sus médicos y algunos miembros de la familia pontificia, ignoró que una ligera y persistente fiebre había aquejado al Papa Pablo VI a lo largo de toda la semana y que el sábado había surgido una nueva complicación: una cistitis aguda. En Roma circularon algunas críticas sobre la pasividad de los médicos del pontífice y su total imprevisión ante la crisis cardíaca que sufrió a media tarde del domingo. Sin embargo, este enigma se descifra enteramente si es cierta la versión de algún familiar del Papa -mantenida siempre en el más absoluto secreto- en el sentido de que no sólo padecía una creciente -y visible- artritis, sino también una auténtica metástasis y que, por consiguiente, estaba ya deshauciado por la ciencia médica. En Cualquier caso, una semana antes de la muerte de Pablo VI se estaba excavando una nueva tumba en las grutas vaticanas.

Por lo que respecta a la salud del recién elegido Juan Pablo I, era conocida su tuberculosis juvenil, pero sólo unos días después del estreno de su pontificado circularon en Roma los primeros rumores sobre las intervenciones quirúrgicas que había sufrido -que, posteriormente, él mismo confirmaría en una audiencia a los minusválidos- y, además, que estaba sometido a una fuerte dosis de medicamentos; pero ningún síntoma  hacía presagiar su prematuro y fatal desenlace. Una cosa es cierta, la mayoría de los cardenales electores -no decimos todos- desconocían en absoluto la ficha clínica del cardenal Luciani. Y, por lo demás, los cardenales de los países latinos no se someten periódicamente a un chequeo, como suelen hacerlo puntualmente, por ejemplo, los cardenales norteamericanos.

La interpretación estricta del artículo 17, de la Constitución Apostólica "Romano Pontifici Eligendo" de Pablo VI (1 de octubre de 1975), por parte de la primera Congregación general de cardenales, ha ocasionado que Juan Pablo I se lleve consigo el secreto de las causas reales de su increíble muerte repentina, a la tumba. Es preciso recordar que en el citado artículo no se prevé la posibilida de una autopsia e el cadáver del Papa. Asimismo, hay que subrayar al respecto, que más de un eminente cardiólogo romano puso en tela de juicio que Juan Pablo I sucumbiera víctima de un infarto de miocardio agudo.

La pequeña historia de los veinte días que precedieron a la elección de Juan Pablo I

El reducido, pero compacto, grupo de cardenales tradicionalistas y conservadores, que contaban apenas con unos 35 purpurados, ya pertenecientes a la vieja guardia curial -que no hay que confundir con los cardenales montinianos de estricta observancia de la Curia- o bien italianos o extranjeros, tomó la iniciativa desde el primer momento. Quiso ganar tiempo y espacio ya durante el período de pre-conclave. A pesar de su activismo, que superó en mucho al de los cardenales reformistas y del tercer mundo, consiguió desarrollar sus "intercambios de ideas acerca de las elecciones", para decirlo en lenguaje curial, con la máxima discreción, sin que se produjera al menor "fuite" (fuga) antes de la apertura del cónclave.

Las tres primeras homilías de los cardenales Confalonieri -decano del Sacro Colegio, aunque octogenario y no elector-, Felici y Siri, durante los ritos fúnebres para Pablo VI revelaron, a decir verdad, su hábil y peligrosa estrategia: Presentarse como los herederos del Papa Montini y de su línea de cauta apertura conciliar, con vistas a ganarse los votos de los cardenales moderados o reformistas moderados, y especialmente del bloque del tercer mundo. Esa carta la jugaron a fondo, ya que era la única capaz de permitirles superar la barrera aritmética (sus 35 partidarios) y romper su aislamiento ante la posible alianza de los sectores progresistas, montinianos y moderados.

Y entonces, en la segunda fase del "intecambio de ideas", aparece paradójicamente el escena el hombre clave, considerado siempre como un fiel montiniano: el cardenal Benelli, con su habilidad de experto diplomático y con su condición de gran elector. Desde Florencia, a través de sus emisarios y de contactos telefónicos, se erige en mediador. Expresa su conformidad a que el grupo conservador presente su candidato, que será votado, asegura, por los sectores moderados y reformistas moderados, siempre que se comprometa a tener en cuenta las grandes líneas conciliares y del pontificado paulino. Simultáneamente, Benelli establece contacto, ya con las garantías del grupo conservador en su manga, con los grandes electores de los sectores antes mencionados, convenciéndoles con su brillante dialéctica.

El punto más delicado -escribíamos- era que el candidato seleccionado debía responder a la "imagen nueva" que ganaba puntos entre muchos cardenales extranjeros y, en especial del tercer mundo: un Papa italiano, pero pastor de una sede residencial y no diplomático o curial, un Papa espiritual más que administrador. Descartados los cardenales Pellegrino y Poma, a causa de sus precarias condiciones de salud, la rosa de los candidatos se reducía prácticamente a dos: el moderado cardenal Ursi, arzobispo de Nápoles y el patriarca de Venecia, Luciani, conservador moderado. Un hombre sencillo y casi desconocido por muchos cardenales extranjeros, quien podía encajarse en "la imagen" que ganaba terreno, siempre que disimularan hábilmente sus aristas más intrasigentes y conservadoras -en el plano doctrinal y político-, manifestadas en sus años de vicepresidente de la Conferencia Episcopal italiana y, especialmente, como miembro de la comisión doctrinal de la misma, lo mismo que como presidente de la Conferencia Episcopal regional de las Tres Venecias  patriarca de la sede de San Marcos. De la misma que procedían el gran reformador Juan XXIII y el gran integrista Pío X...

Se pensaba que el "clan francés", es decir, el cardenal Villot, más un par de cardenales de la Curia y los cuatro cardenales residenciales, podían jugar un papel de primer plano en el cónclave, como lo habían hecho en los tres anteriores. No obstante, en esta ocasión la prudencia del cardenal Villot, y su misma condición de Camarlengo, frenó su oposición a la estrategia del sector conservador. Todos los observadores coincidieron en el nerviosismo del cardenal Villot durante la misa del Espíritu Santo; probablemente expresaba, a pesar suyo, su íntima convicción de que la suerte del cónclave estaba ya echada antes de su misma apertura.

La crónica semisecreta del cóclave del "consenso"

Esta vez, las propias declaraciones de Juan Pablo I relativas a las palabras de aliento que le dirigieron sus dos cardenales vecinos en la capilla Sixtina. Así como las numerosas manifestaciones -en ocasiones ago contradictorias sobre algún punto- de muchos cardenales, han permitido conocer ciertos datos, aunque sean aproximativos, del último cónclave, en pocos días, y no al cabo de varios años, como solía ocurrir normalmente. Conocidos vaticanistas italianos, nos han ofrecido una visión, más completa o más parcial, de la orientación de las votaciones y el redentorista norteamericano Francis X. Murphy, destacado vaticanista -perito conciliar, fuel el autor, bajo el seudónimo de F. X. Rynne, de cuatro volúmenes sobre el Concilio-, ha publicado una crónica de conjunto sobre el mismo en el semanario Newsweek.

La mayoría de comentaristas coinciden básicamente en algunos datos. Por ejemplo, que en la primera votación llegó en cabeza el tradicionalista Siri, seguido por el conservador Luciani y el reformardor Pignedoli (18 votos). Los restantes votos se repartieron entre los cardenales Baggio, Bertoli, Lorscheider, König, Pironio, Felici, etc. Respecto a Siri y a Luciani, consideramos más convincentes ciertas fuentes italianas que les conceden, respectivamente, 34 y 32 votos, que el pronóstico de Murphy, 25 y 23 votos. El segunod dato, casi unánime, es que Luciani se colocó en cabeza, ya en la segunda votación, nada menos que con 56 votos.

En la primera votación, los votos favorables a Luciani procedian de sectores cardenalicios moderados y de algunos progresistas, como los brasileños Arns y Lorscheider, que lo había conocido durante su visita a Brasil (1976). Pese a tratarse de un dato capital, lo que se explica poco es la procedencia de los veintitantos votos que recibió de más Luciani en la segunda votación. Y algunas versiones, como las de Murphy, no resultan convincentes, ya que se habría tratado, a su juicio, de los votos conservadores que no contaban ya con el triunfo de Siri.

¿Cómo es posible que si los grandes electores de Luciani fueron el moderado Benelli y los conservadores Felici y Confalonieri, saltara a la palestra el nombre del ultraconservador cardenal Siri, por segunda vez -los conservadores votaron al entonces joven prelado de 52 años en el cónclave de 1958-, apoyado, ciertamente, por los mismos conservadores?

La estrategia inicial del grupo conservador resuelve dicha incógnita o contradicción. Con su voto táctico a favor de Siri, en la primera votación, lograron que un grupo de cardenales reformistas moderados que no hubieran concedido fácilmente su vot a Luciani, se lo dieran, para cerrar el paso a Siri, ya en la segunda votación. De esta forma, con la aportación de los votos conservadores -o al menos de su inmensa mayoría-, en la tercera votación, el cardenal Luciani superó ampliamente el quórum requerido, los 75 votos, mientras el sector conservador dejaba constancia de que habia sido elegido Papa gracias a sus votos. En esa votación plebiscitaria, superior a los 81 votos, sólo se abstendrían o votarían Pignedoli algunos reformistas avanzados y el grupo de montinianos de estricta observancia.

Juan Pablo I estableció fácil comunicación, desde el primer instante de su pontificado, con el pueblo romano, gracias a su estilo coloquial, a su sencillez y a su recurso a las anécdotas. Un contacto que se diferenciaba tanto por su perspectiva como por el nivel en que se situaba, no sólo de la comunicación con el Papa Montini, sino también de la del Papa Roncalli.

Los jóvenes ultras de la organización integrista "Civiltá Cristiana" saludaron, con sus pasquines que inundaban Roma, al nuevo Papa "católico". Y el diario derechista -a la derecha de la Democracia Cristiana- más importante de la capital dedicó ya el domingo ocho páginas -en gran formato- a Juan Pablo I. Este periódico conservador se había distinguido por su constante campaña contra las "novedades peligrosas del Concilio", y había expresado sus reservas frente a diversos aspectos del pontificado paulino. En su artículo de fondo del domingo 27 de agosto se leían expresiones eufóricas como las siguientes: "Es una Iglesia, por decirlo así, nueva, la que emerge del cónclave. Una Iglesia que parece haber reencontrado en sí la originalidad de su inspiración evangélica. La misma carga profética. La misma voluntad de ser fermento de humanidad... Una Iglesia que, tras veinte siglos, empieza de nuevo y desde el principio el camino de su historia..."

En el citado periódico conservador se habían leído numerosas críticas contra la figura y el pontificado de Juan XXIII. Ahora titulaba a toda página la biografía de Juan Pablo I así: "El pastor de los humildes y de los pobes se convierte en el nuevo párroco del mundo", de evidentes resonancias roncallianas. A partir de entonces, y a causa de la persistente popularidad del buen Papa Juan a los quince años de su muerte, se tratará de vender a toda costa, y desde los ángulos más diversos, una "imagen roncalliana" de Juan Pablo I. Sin el menor respeto por la figura del nuevo Papa, a quien nadie discutía sus cualidades peculiares, y por la memoria de Juan XXIII, que desbordaba los angostos esquemas mentales de muchos conocedores superficiales del significado histórico del pontificado roncalliano.

El perfil de Juan Pablo I: un conservador inconformista

Es un hombre, decía un antiguo colaborador del cardenal Luciani, que no cederá ni un milímetro en las cuestiones de fe -aquí se introduciría la distinción entre lo que supone alteración de la fe o la de aquel "corpus" que los italianos denominan "ideologia católica". En realidad, una intrasigencia en los principios doctrinales, pero matizada por su aguda sensibilidad pastoral, así como por la propia sencillez personal y un cierto sentido del humor. Y, desde su origen, el trato frecuente con la gente humilde y pobre. El titular de un diario italiano, que saltó a las páginas de los periódicos de medio mundo: "Con los pobres, pero no a la izquierda", quizá pueda ser interpretado, por un no véneto, "con los pobres, pero a la derecha". De ahí el conservador inconformista o el inconformista conservador.

En una visión que no considera a los humildes, a los obreros como formando parte de un grupo social -y capaces, por consiguiente, de tomar una opción de clase-, sino en la que prevalece ese prototipo tan italiano de "il povero", verdadera pieza clave de aquel corporativismo cristiano difundido por la Universidad Católica del Sacro Cuore, de Milán, durante los años del régimen musoliniano, que marcaría para siempre la acción política de signo "integralista" de un Fanfani e influiría el pensamiento de hombres tan ecuménicos como el mismo La Pira. Y constituye todavía la máxima justificación de toda esa junga de obras asistenciales confesionales que se extienden por toda Italia y, en primer lugar, por la región "blanca" del Véneto.

Las diferencias del patriarca Luciani con los sacerdotes de la zona industrializada de Mestre, sus roces y su oposición a la pastoral de los sacerdotes obreros, su frecuente neutralidad ante los conflictos laborales que estallaron en el gran complejo industrial de Porto Marghera y su misma incomprensión de la contraviolencia de los explotados, por así decirlo, parecen confirmar con creces la hipótesis acerca de su concpeción de "il povero".

Para trazar un retrato completo de Albino Luciani sería necesario conocer la orientación de su espiritualidad, y de su espiritualidad específicamente sacerdotal. Sin embargo, y por falta de espacio, supliremos este capítulo por una referencia a su formación eclesiástica, primero en el seminario de Feltre, luego en el de Belluno, y finalmente en la Universidad Gregoriana de los años treinta, donde obtuvo el título de doctor en teología. En definitiva, una formación muy clásica, en su región y en Roma, a base de los manuales de teología, eclesiología y derecho público de la época y el luego cardenal Ottaviani de profesor. En una palabra, adquirió una visión más bien jerárquica de la Iglesia y, en especial, de la autoridad del obispo, conforme a la imagen tradicional, algo abstracta y estática, del obispo,  ante todo, doctor y guardián de la fe.

Una mención especial merece la orientación y el contenido de su tesis doctoral, porque han proliferado muchas versiones confusas y erróneas al respecto. Un Papa bellunense, Gregorio XVI (1831 - 1846), había hecho donación de las obras de Antonio Rosmini (1797 - 7855) a la biblioteca del seminario de Belluno. Allí, el joven Albino Luciani pudo familiarizarse con las obras de aquel eminente filósofo y teólogo reformista, gran erudito y precursor del Vaticano II, cuya obra más conocida fue Las cinco llagas de la Santa Iglesia, publicada en Lugano en 1848, incluida en el índice el año siguiente, y la primera obra rehabilitada después del Vaticano II, en 1966, cunado la supresión del índice. De ahí a proclamar con bombo y platillos la influencia de Rosmini en Luciani y deducir la orientación renovadora y netamente reformista del patriarca de Venecia, como ha podio leerse en algunos comentarios, mediaba un paso.

No obstante, la realidad es muy diversa. La tesis de Luciani estudió sólo el concepto de pecado original en la obra de Rosmini y se distinguió por sus fuertes críticas al pensamiento rosminiano. De tal forma, que cuando Luciani preparo la segunda edición de su tesis doctoral, según fuentes dignas de crédito, los rosminianos, un instituto que se inspira en Rosmini, le solicitaron la rectificación en sentido moderado de algunos de sus puntos. A lo que accedió, según se afirma, Luciani, demostrando espíritu abierto al diálogo, como sucedería también durante el Concilio Vaticano II, al no tener reparos en dialogar con la "aile marchante" conciliar y, en especial, con los obispos centroeuropeos.

Dos mitos de signo contrario Juan XXIII y Juan Pablo I

El brevísimo pontificado de Juan Pablo I constituye, en realida, una página en blanco, y sus futuros derroteros una auténtica incógnita. Tuvo apenas tiempo de esbozar un programa muy esquemático en su discurso ante los cardenales, conclavistas y octogenarios. "Queremos fuertemente valorar la colegialidad episcopal", afirmó en aquella ocasión, recogiendo la aspiración muy extendida entre los cardenales electores, en el sentido de que debía desarrollarse la colegialidad como forma normal de gobierno del Papa con los obispos. Pero con su contrapunto correspondiente, al indicar igualmente, que había de vigorizarse la "gran disciplina de la Iglesia". Quizá las tres cartas del patriarca Luciani a San Bernardo de Claraval, publicadas en su volumen Illustrisimi, expresen su pensamiento sobre el gobierno de la Iglesia.

Algunos círculos eclesiásticos  conservadores a los que molestaba enormemente la trayectoria profundamente reformadora del porntificado del Papa Juan, y digamos su revolución conciliar, se apresuraron a poner en circulación, al filo de los años sesenta, el mito del buen Papa Juan. Un conocido teólogo español -miembro de la Comisión Teológica Internacional- lo describía perfectamente en las páginas de "El País" (20 de septiembre de 1978):

La imagen infantilizante e ingenua, que a veces se ha hecho de Juan XXIII, me es radicalmente contraria, porque es históricamente falsa. Esa imagen es el equivalente insípido de lo que muchas creaciones estan haciendo, por ejemplo, con San Francisco de Asís, edulcorado estupefaciente para aligerar tedios burgueses.

Con sus virtudes y defectos, pero también con su inspiración profética, el expatriarca de Venecia Roncalli abrió camino a una doble revolución copernicana en la Iglesia del siglo XX. Por una parte, contabilizando en su haber la convocatoria del Concilio Ecuménico Vaticano II y su respeto por la andadura de la primera sesión conciliar, desde el mismo día de su apertura, cuando el gesto valiente de los cardenales Lienart y Frings, solicitando el aplazamiento de la elección de las comisiones conciliares, provocó la liquidación del mini-Concilio prefabricado por la Curis. Y, por otra parte, sustituyendo el clásico intervencionismo de la Santa Sede en la problemática interna italiana -iniciado en el mismo momento de la pérdida de los Estados Pontificios- por la que ha sido denominada la "neutralidad activa" de su pontificado.

Al cabo de más de dos lustros, aquellos mismos círculos que citábamos, conscientes de la popularidad imborrable de Juan XXIII, han tratado de dar el máximo realce a las cualidades de ex patriarca de Venecia, Luciani -su simpatía personal, su sencillez, etc.- que más recordaban la ex patriarca Roncalli (silenciando al ex patriarca Sarto), presentándole casi como un nuevo Papa Juan.  Y se apresuraron, al mismo tiempo, a crear el mito, de carácter positivo y casi milagroso, de Juan Pablo I, como si en virtud de su misma elección -y, desde luego, de su brevísimo pontificado- hubiese dado ya una respuesta, o acaso una solución, a los grandes problemas que se plantean en la Iglesia de nuestros días.

Durante el periodo del precónclave, y el mísmo día de su elección a la silla de Pedro, habíamos escrito que la figura de Luciani, por su formación y psicología eclesiásticas, nos parecía mucho más próxima a la del ex patriarca de Venecia, Pío X, que a la del también ex patriarca de la mism sede, Juan XXIII. Y que, en cualquier caso, si ignorábamos hasta qué punto el nuevo pontificado podía suponer una versión actualizada de aquel pontificado restauracionista de Pío X, de principios de siglo, estábamos convencidos de que las orientaciones de Juan Pablo I se diferenciarían sustancialmente, y seguramente de forma radical, de las del pontificado del PapaJuan.

En el camino de Juan Pablo I y de Juan XXIII encontramos dos obispos muy diferentes. Al final de la guerra fue nombrado obispo de Belluno un joven capuchino muy conservador, monseñor Bortignon, perteneciente a la "santa provincia", como gustan de calificarla los capuchinos venecianos, una de las más tradicionalistas entre las generalmente conservadoras provincias italianas de la Orden. Y don Albino Luciani fue su vicario general, su brazo derecho.

Monseñor Bortignon fue trasladado en 1949 a Padua, la diócesis más importante de la región de las Tres Venecias. Pero no se olvidó de su colaborador de Belluno. Y cuando quedó vacante la sede de Vittorio Veneto, recomendó a aquel "sacerdote de insólitas virtudes" (don Albino Luciani) a Juan XXIII, quien le designó obispo el 15 de diciembre de 1958. Exactamente al cabo de once años, el 15 de diciembre de 1969, Pablo VI haría pública su promoción al patriarcado de Venecia.

El activismo pastoral es la nota que ha distinguido al obispo Bortignon, que hoy, a sus 73 años, sigue rigiendo solo la diócesis paduana, sin la ayuda de ningún obispo auxiliar. En su largo pontificado, a dado impulso a numerosas obras, que participan de ese asistencialismo paternalista -de cara al humilde en singular- que constituye una de las componente clásicas de una parte del catolicismo italiano en general, y del catolicismo véneto en particular. Se recuerda en esa ciudad levítica por excelencia, que es Padua, cómo durante muchos años los dirigentes democristianos locales hubieran estado muy satisfechos si el obispo se hubiera limitado a dar su visto bueno a sus candidaturas, dado que en ciertas ocasiones exigía su modificación.

Por el contrario, Angelo Giuseppe Roncalli se formó en la escuela del obispo de Bérgamo (1905 - 1914), Radino Tedeschi, cuya obra, auténticamente social, fue inmensa. Fue su secretario y luego, tras su desaparición, su biógrafo (1916). Aquel obispo de inspiración "leoniana" tuvo sus problemas con la Curia romana, al igual que otros prelados abiertos, y entre ellos el cardenal Della Chiesa, el futuro Benedicto XV, exiliado a Bolonia. El propio Roncalli tuvo su ficha en el Santo Oficio y una amonestación del influyente cardenal De Lai, secretario de la Congregación Consistorial. Hay que tener en cuenta que el furor antimodernista desdencadenado durante el pontificado de Pío X, estaba entonces en pleno apogeo.

El vaticanista Zizola ha escrito ya algún capítulo apasionante sobre aquel periodo, dando a conocer na parte mínima de la abundante documentación que ha recogido al respecto. Ha puesto de relieve la cara política encubierta bajo la justificación doctrinal de la reacción antimodernista: el temor que dicha acción social pusiera en crisis la reciente alianza entre católicos  y liberales moderados, apoyada por la Santa Sede y extendida a toda Italia con el llamado "Pacto Gentiloni". Su tesis, documentada, es la de que el furor antimodernista consistía sólo en una parte de una estrategia más amplia y política, destinada a hacer de la Iglesia la correa de transmisión entre las clases populares y la clase de los ricos, liberales y conservadores, en el poder.

La muerte prematura de monseñor Radini Tedeschi, en agosto de 1914 -dos días después de Pío X- truncó la brillante carrera a la que estaba destinado en la nueva Curia romana de Benedicto XV. Y don Angelo Roncalli se encaminó hacia la diplomacia vaticana.

La fórmula "párroco del mundo", aplicada a Juan XXIII, resulta imprecisa y acaso discutible, pero hay que reconocer que es muy gráfica. En todo caso, Juan XXIII ensanchó su parroquia a las dimensiones del mundo contemporáneo. En cambio, tenemos la vaga intuición de que Juan Pablo I, "párroco del mundo", hubiese seguido otro camino, inverso, el de reducir los problemas del ancho mundo  de la Iglesia a las dimensiones de su parroquia.

Si Luciani hubiese llegado antes

Una lectura global e histórica del pontificado paulino resulta difícil, porque los demócratas y antifascistas del Estado español tendemos a valorar, en forma casi exclusiva, las actitudes, con frecuencia, firmes del cardenal Montini y del Papa Pablo VI ante las pretensiones del dictador y los desmanes del franquismo, pasando por alto, por ejemplo, su posición ante la problemática eclesial y política italianas. En una tentación de signo contrario, podemos incurrir los que hemos vivido varios años en Roma. No obstante, la hora de la interpretación histórica del pontificado paulino no ha llegado todavía.

Lo que sí podemos preguntarnos es qué hubiera sucedido si Pablo VI hubiese desaparecido al filo de los años setenta, en la Iglesia de nuestro país y en lo relativo a las relaciones de la Santa Sede con el régimen franquista. Y lo que podía ocurrir si, por ejemplo, el cardenal Luciani hubiera sido elegido Papa el año 1971...

Siempre que nos pronunciábamos a favor de un pontificado religioso, no nos olvdábamos de subrayar las dimensiones históricas, sus repercusiones políticas (por activa y por pasiva) y su necesaria apertura a los signos de los tiempos. Lo mismo podría decirse de los eclesiásticos Montini y Luciani, quienes, por razón de su formación e itinerarios, poseían inevitablemente sus propias convicciones "temporales", pese a frenarlas o situarlas en un plano secundario.

Echemos un ojeada a Gianbattista Montini. Su padre, periodista, fue diputado del Partido Popular (de don Sturzo) durante tres legislaturas, antes del asalto al poder por parte de Benito Mussolini. Y hoy, su hermano Ludovico es aún senador por la Democracia Cristiana. Bajo el regimen mussoliniano, el joven consiliario de la FUCI (Universitarios Católicos) no disimuló sus convicciones democráticas y contrarias a la ideología fascista, si bien recomendó a los jóvenes la primacía de la formación y una prudente expectativa. Pabl VI ha sido calificado, con razón, como un Papa "moroteo", pese a la creciente intervención del Vaticano en las cuestiones políticas italianas, a partir de los años setenta.

No tenemos ninguna referencia del eclesiástico Luciani ante el fascismo y la guerra, puesto que no tenemos conocimiento de que ningún vaticanólogo haya estudiado este punto. Después, sus constantes puestas en guardia, dirigidas a los sacerdotes y a los fieles venecianos, en contra del pluralismo político obedecían probablemente más a la defensa del partido católico de turno qe a unas convicciones favorables a un partido -el democristiano-, en el que existían ya algunos fermentos poco confesionales. El patriarca Luciani hubiera merecido más bien el calificativo de "fanfaniano", por su postura intransigente ante los dos temas más candentes en la Italia de hoy: la llamada "cuestión católica" y "cuestión comunista".

Limitemos nuestro examen a cuatro puntos.

  • La Asamblea conjunta de obispos y sacerdotes (Madrid, septiembre de 1971).
  • La Asamblea Plenaria del episcopado (primavera de 1972) y el famoso documento de la "secretaría" de la Congregación romana para el Clero fuertemente crítico respecto a la Asamblea conjunta.
  • Las negociaciones para la revisión del Concordato entre la Santa Sede y el EStado español.
  • La paulatina renovación de nuestro episcopado llevada a cabo durante los últimos diez años.

Hoy es del dominio público el afecto que el patriarca Luciani profesaba a la figura, la obra y la Obra (el Opus Dei) de José María Escrivá de Balaguer. Sin dudar de la prudencia pastorla del Papa Luciani, no es difícil de prever cómo el rumbo de la política vaticana de cara a la Iglesia y el régimen españoles hubiese variado, cn los amigos de don Álvaro del Portillo, más influyentes en Roma, y los minsitros opudeístas, siempre en algunos puestos clave en el gabinete de Madrid.

Otro testimonio, el de un religioso de nuestro país. En 1975 participó en una reunión internacional de religiosos en Venecia, y el patriarca le interpeló: "¿Qué hacen esos curas españoles tan politizados?, al fin y al cabo, Franco no lo hace mica male (nada mal)". Por lo visto, al patriarca le deslumbraban aún los "regímenes que se proclamaban católicos", en 1975...

El primer interrogante que se plantea es si Roma, sin el Papa Montini, hubiera dado luz verde a la celebración de la famosa Asamblea conjunta de obispos y sacerdotes. El segundo es, si ya con el Papa Luciani, se hubieran producido los movimientos episcopales de finales de 1971 o, al menos, con la misma orientación. Seguramente, el arzobispo Marcelo González -amigo de Luciani, con quien se carteaba e intercambiaban sus cartas pastorales- habría continuado en la sede barcelonesa o tal vez hubiese sido trasladado a Madrid. Mientras el arzobispo Enrique y Tarancón habría seguido en su sede toledana.

Como es sabido, y gracias a la reación de la Santa Sede y a la energía de Tarancón, el misterioso documento de crítica a la Asamblea conjunta, "avalado" por la "secretaría" -léase monseñor Palazzini, prelado muy próximo al Opus- de la Congreción romana para el Clero, no hizo diana. Pero bajo un pontificado de Luciani es posible que los acontecimientos se hubieran desarrollado de forma muy diversa. Sus rerservas frente a la "politización" (¿?) de nuestros sacerdotes y sus buenas relacionse con Palazzini y los hijos residentes en Roma, del "Padre" (Escrivá) le hubiesen inclinado probablemente a conceder el aval de la Curia al famoso documento, con lo cual éste hubiese alcanzado su verdadero objetivo: el torpedeo de una Asamblea plenaria del episcopado, en la que debía producirse fatalmente el cambio de guardia en su vértice, al pasar el timón de las manos de los obispos conservadores a las de los obispos centristas y conciliares.

Por lo que respecta a la revisión del Concordato, la postura de Pablo VI fue siempre intransigente, mientras el dictador no renunciase a la cuestión de la presentación de candidatos a las sedes españolas. El viaje abortado del ministro de Asuntos Exteriores, el opusdeísta  López Bravo, en diciembre de 1972, y el fracaso de la tensa audiencia que mantuvo con Pablo VI, en enero de 1973, constituyeron buena prueba de tal actitud. Con un Papa Luciani, admirador de los regímenes confesionales y eventualmente muy influido por los partidarios, en Roma y en Madrid, de una rápida conclusión de las negociaciones concordatarias, se habría llegado, seguramente, a la firma del nuevo Concordato. Con el consiguiente afianzamiento de la Iglesia o del Episcopado "de la Cruzada" y de un régimen franquista en crisis.

Finalmente, quedan los nombramientos episcopales. En el transcurso de los años setenta, Roma designó por regla general, y pese a todas las dificultades, a obispos centristas y conciliares moderados. No parece aventurado creer que, bajo un pontificado de Luciani, los nombramientos hubiesen sido más próximos a la línea "restauracionista" o "nacionalcatólica" de los González Martín, Cantero Cuadrado, Peralt y Guerra Campos. Y que ni Setién, ni Iniesta, ni Belda, serían obispos hoy.

Es comprensible que el pueblo romano mitificase la imagen del Papa del "sorriso" y de la sencillez. Sin embargo, es inexplicable que diversos periódicos de nuestro país -y otros medios de comunicación social- contribuyesen, en gran medida, a crear y difundir el mito de Juan Pablo I. Pero tiene su explicación: el Opus controla a todas luces no sólo los servicios de información religiosa de Europa Press, sino también de otras agencias informativas, como las estatales Efe y Cifra. Y sigue conservando a sus poderosos aliados en los medios televisivos y rafiofónicos. De otra forma, no se entendería como las informaciones han sido, en ocasiones, tan tendenciosas en la nueva etapa democrática, como lo hubiesen sido, indudablemente, en la época de la dictadura.

Desmitificar la figura de Juan Pablo I es el mejor tributo que podemos rendir a su memoria, a ese pastor sencillo, pero intransigente en los principios doctrinales, que un buen día fue elegido Obispo de Roma, para ocupar "la cátedra de Pedro, que preside en la caridad".

 
 
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