Todo es una perla brillante, incluso el antro del demonio de la montaña negra
(Dogén)
 
 
 

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¿QUEIRUGA BAJO SOSPECHA? ANTE LA NOTIFICACIÓN EPISCOPAL

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Francisco Javier Avilés

1.- La fe en la Resurrección de Jesús de Nazaret y su predicación por parte de sus discípulos es la base y el comienzo de la fe cristiana y de la Iglesia. Es el acontecimiento fundamental del Cristianismo. Sobre la vida nueva de Cristo se asienta el progresivo reconocimiento por parte de los cristianos de su identidad como Hijo de Dios. La Resurrección está directamente relacionada con la fe en la Encarnación, siendo ésta una consecuencia creyente que la Iglesia extrajo de aquella. Si la Resurrección lo es del Hijo de Dios encarnado plenamente, sin disminución ni oscurecimiento, en la humanidad de Jesús de Nazaret, entonces su resurrección, primicia de la de todos los hijos de Dios, debe ser algo que pueda realizarse en cada persona. De aquí que la Resurrección deba interpretarse como algo diferente a “revivir”, pues trasciende los límites espacio temporales  (estando las puertas cerradas…, no lo reconocieron…, noli me tangere…) de modo que el deseo de Jesús: “dichosos los que crean sin ver”, sea real y no un premio de consolación. Que en algunos de los relatos de encuentros con el Resucitado se acentúe la dimensión sensible (ver, tocar, comer) debe comprenderse, según el criterio hermenéutico de la totalidad de la Escritura, a la luz del conjunto de esos relatos y en orden a su finalidad catequética o evangelizadora: para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios y creyendo tengáis vida en Él. Insistir en el aspecto físico, sensorial, de estos relatos rezuma una sed de empirismo que no hace honor a aquello de que «la fe es creer en lo que no se ve» (San Agustín, De la fe que no se ve; Sto Tomás, Summa Theologica IIª IIae q1 a4; q4; q5 a1), como si se tratara con poca fe a la fe misma.

Este planteamiento es el que subyace a la presentación que de los textos evangélicos y su interpretación teológica hace Andrés Torres Queiruga en su obra Repensar la Resurrección. No vemos por ninguna parte negación de la realidad objetiva y aun superobjetiva de la Resurrección de Jesucristo, sino su formulación en el plano de la fe, plena aceptación y confianza del entendimiento y la voluntad (Vaticano I, Dei Filius)

2.- A partir de la Resurrección de Jesús de Nazaret, Jesucristo, la primitiva comunidad leyó las Escrituras y aceptó que en ellas se revelaba Dios. Dicha comprensión, prolongando y llevando a cumplimiento la revelación ya acontecida en el Antiguo Testamento, fue pues, de la vida a la fe y de ésta a la formulación en relatos primero y, después, en fórmulas dogmáticas. Esta secuencia, de la vida –historia, humanidad, particularidades culturales…- a la fe y su redacción en los escritos del NT es la que a través de una larga y dificultosa travesía ha recompuesto el estudio crítico de las Sagradas Escrituras que ya no podremos leer ingenuamente de forma literal.

El acceso exegético, con los métodos histórico – críticos, al proceso revelador manifestado por los textos bíblicos ha ayudado a comprender mejor cómo actúa la Revelación de Dios en la historia, a través de su reconocimiento y constitución inculturados: lenguas, instituciones y costumbres sociales, hechos históricos… la suma de las particularidades que componen la vida humana y que son mediación inevitable de todo conocimiento y también de la comprensión de la Revelación. Es a ésta comprensión a la que Torres Queiruga llama, en expresión destinada a condensar un proceso que él explica y fundamenta ampliamente, caer en la cuenta y que encuentra en el pasaje bíblico de Gn 28, 16 una sugerente confirmación. Tachar de «subjetivista» esta expresión, además de ignorar la matizada reflexión que condensa, supone negar las dos dimensiones implicadas de forma inseparable en la conciencia humana de lo real, la subjetiva y objetiva, algo que toda la filosofía moderna y de un modo cercano a nosotros, Amor Ruibal a quien él considera maestro y Xabier Zubiri han puesto de manifiesto sobradamente. La teología de la Revelación de Torres Queiruga dialoga con esa visión filosófica y permite salir del atolladero de una Revelación comprendida de modo extrinsecista y mecánico, algo que si en una consideración abstracta y de potentia absoluta, no es imposible para Dios, sí que lo es para el conocimiento humano en el que siempre está ineludiblemente presente la subjetividad. Es la estructura cognoscitiva de la persona la que exige la inclusión del sujeto en el acto de conocimiento. Por otra parte, la dimensión objetiva o real de dicho conocimiento queda garantizada por cuanto, cuando es correcta, se cae en la cuenta de algo real, aunque siempre sea en concomitancia con la autoconciencia.

3. El diálogo interreligioso es una necesidad planteada a las religiones por la creciente convivencia de las mismas en un mundo cada vez más intercultural y por la grave crisis de legitimidad que supone la nefasta aportación de las religiones a la historia de las guerras y la violencia, muchas veces provocadas o consentidas por ellas. Por otra parte, desde el siglo XVIII, el conocimiento por parte de una Europa casi exclusivamente cristiana de otras culturas y sus religiones planteó una cuestión filosófica y teológica sobre la verdad y el sentido de esa pluralidad religiosa. Este cuestionamiento afectaba de lleno a la reflexión teológica sobre la Revelación y la consideración por parte de la fe cristiana de Jesucristo como único mediador de Dios y de la salvación. El propio concilio Vaticano II acusó recibo de esta situación y formuló en la declaración Nostra Aetate el reconocimiento de que en ellas también hay verdad sin que por ello renunciara a su conciencia del carácter único de la mediación de Cristo en orden a la salvación humana (Declaración de la Congregación para la doctrina de la Fe, Dominus Iesus). Dicha unicidad específica, como plenitud insuperable pertenece a la fe en quien es Jesucristo y ésta no es un hecho evidente (Santo Tomás, Summa Theologica I q1 a2) sino una realidad en la que intervienen la gracia, la libertad humana y los condicionamientos históricos que forman parte de esa libertad, de modo que lo que afirmamos como único, irrepetible e insuperable, siempre está fundamentado en la historia y atendiendo con respeto al diálogo con las demás religiones y al mismo tiempo enmarcado en la fe que nos permite vivirlo como tal y afirmarlo. En ese sentido, pensamos que las afirmaciones de Torres Queiruga sobre el pluralismo asimétrico recogen el núcleo esencial de lo afirmado por el declaracón conciliar: «reconocemos lo que de bueno y verdadero hay en las otras religiones» (NA 2) y de paso abre un marco de comprensión para la valoración de su efecto salvífico, diferenciable en orden a su lugar en la historia y a la relación que por la fe tenga cada persona con ellas.

4. Todas estas reflexiones, al hilo de la Notificación sobre algunas obras del profesor Andrés Torres Queiruga publicada por la Comisión de la doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española (29 de Febrero de 2012), ponen de manifiesto que hablar de un nuevo paradigma teológico no es ningún capricho, ni efecto de una moda circunstancial sino que forma hoy parte del patrimonio cultural en los distintos ámbitos de todo pensamiento vivo. Lo que ha cambiado para que sea necesario «repensar», «recuperar», «renovar» la comprensión y expresión conceptual -teológica- de lo invariable de la fe es ni más ni menos que ese paradigma civilizatorio. La modernidad no es sólo una época o una corriente del pensamiento, sino que supone algunos —pues es justo de reconocer que no a todos atiende— logros filosóficos, científicos y sociales irrenunciables; no insuperables, pero sí imposibles de obviar por formar parte de la evolución de la inteligencia humana sobre la realidad y sobre ella misma. Sus efectos en la teología se hacen sentir desde sus propias fuentes, a través de la novedad que supone leer la Sagrada Escritura y la historia de la tradición cristiana con los métodos críticos. Pero alcanza también a su propia meta: ser creíbles en un contexto de pluralismo axiológico y religioso para poder proclamar la verdad que nos sostiene con todo su efecto salvífico y toda su fuerza liberadora, es decir, para evangelizar. Terminamos con unas palabras de Juan XXIII en la apertura del Concilio Vaticano II, las cuales, por si había dudas al respecto, marcan cuál sea el espíritu de aquél acontecimiento eclesial y manifestación del Magisterio supremo, espíritu que guía toda la obra de renovación teológica que hoy queremos agradecer al teólogo Andrés Torres Queiruga:

Una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia, si fuese necesario, ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter prevalentemente pastoral. [Juan XXIII, discurso de inauguración del Concilio Vaticano II, 11 de Octubre de 1962]

 
 
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