La conciencia de un mundo real y significativo está íntimamente ligada al descubrimiento de lo sagrado
(Mircea Eliade)
 
 
 

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LA MUERTE

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Antonio Carrascosa Mendieta

El reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.

También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

(Mt 13, 44-45)

¿No es una inmensa alegría haber encontrado aquello por lo que merece la pena vender todo? ¿Qué es la vida humana sino el tanteo por encontrar ese único tesoro? Cada vez que me enfrento con verdad a mi vida más percibo la venta continua, permanente, imparable, brutal… que la preside. Como un goteo persistente, vendemos nuestros días, nos vendemos en ellos sin parar.

Tú me han enseñado que somos capaces de encontrar la razón de esta venta de vida, que no son una venta absurda nuestros días, que merece la pena venderlo todo y con urgencia cuando descubrimos el tesoro. ¡Qué alegría si podemos encontrarlo! Tú sí que encontraste esta perla de inigualable valor, la perla que le da valor a todo… Encontraste en tu misión por el Reino aquello que justifica cualquier entrega… Y me invitas a descubrirme en mí escondido en lo que vivo día a día, a palpar aquél que soy, y tocándome decirme: merece la pena venderlo todo para ser yo cada vez más. ¿Hay tesoro mayor?Merece la pena vender mi vida gota a gota a favor de este proyecto que soy. Meerce la pena incluso, … tu lo sentiste como nadie…, venderse a través de la muerte si uno descubre que sólo a través de ella llegarás a ser el que quieres ser. Y no será una venta ajena a lo que hemos ido vendiéndonos toda la vida. Al contrario, porque hará que tengan su único sentido.

Un tesoro que hay que guardar en lo escondido, porque sólo allí es tesoro. Y allí secretamente voy buscándolo, y voy alimentándome y alimentando a otros… Y un tesoro que fecundará a nuevos buscadores de tesoros sólo a través de mi muerte, como tú con tu muerte fecundas nuestra búsqueda. En lo escondido, allí la muerte hará que seamos aquello que, después de haberlo vendido todo, queríamos ser. Y entonces, sólo entoncer, será “mi” muerte… y entonces, sólo entonces, seré por fin yo… Y entonces, sólo entonces, serás tú en mí para siempre.

0. Confesión personal

Una confesión personal: me da mucho respeto hablar de este tema, me sobrecoge un poco… Lo cual entra dentro de lo normal, no creo que lo tenga que justificar. Pero me apetecía también acercarme a este tema para poner palabra a lo que voy tímidamente buscando, palpando y tanteando, también acompañado por alguno de vosotros.

Y me da mucho respeto y sobrecoge no tanto por la misma muerte, sino por mis palabras. Me da miedo que suenen a hueco, que sean meras especulaciones, que no terminen de llegar, que se caigan y no duren cuando nos enfrentamos a la experiencia de la muerte cara a cara. O más bien, cuando nos enfrentemos a la vida cara a cara. Sólo puedo decir que acepto el riesgo. Que sé que mis palabras nunca podrán acertar del todo ni en esta experiencia ni en ninguna, pero que tienen que ser dichas para acercarme a ellas.

1. Las dificultades que rondan este tema

Cuando uno se propone hablar de esta realidad aquí o en cualquier otro momento apropiado para ello encuentra muchas barreras. Podríamos resumirlas diciendo algo muy simple (ojalá que todo lo que diga sea tan simple…): casi siempre preferimos eludir el tema. Supone casi una reacción instintiva el deseo de quejarnos cuando en una conversación ha aparecido el tema. Incluso culpabilizamos de masoquismo impropio al que hace aparecer el tema de la muerte entre nosotros.

Y no sólo en la conversación, sino, lo que es más grave, en la propia experiencia que tenemos de la muerte, tanto si nos toca en primera persona como en segunda muy cercana. La reacción más natural es eludirla

Incluso estoy seguro que para más de uno de los que estamos aquí nos crea una cierta incomodidad que este tema se haya hecho un hueco en unas charlas de formación y nada menos que en un ciclo con el tema de “creer en la iglesia del futuro”.

¿Y por qué este reparo, este querer pasar por alto? Yo apuntaría varias causas. No me detendré demasiado, porque no es a este nivel al que quiero tratar el tema. Si acaso algo más en la última de las razones.

  • La primera es nuestra propia cultura que acalla la muerte, que la saca de la experiencia cotidiana. Son otros los intereses de una cultura donde se prima fundamentalmente el disfrute, la vida, la salud, etc. También desde un cansancio de una época (bastante lejana ya, todo hay que decirlo) donde tenía un protagonismo impropio y bastante inhumano.
  • Nuestro propio miedo, nuestra inexperiencia en temas que requieren de una profundidad importante. Es algo tan serio que no nos valen los esquemas que habitualmente tratamos para abordar otras experiencias mucho más epidérmicas
  • Y yo quisiera traer aquí una tercera dificultad: las soluciones precipitadas que a veces hemos dado a este tema no han favorecido un clima de acercamiento a la realidad de la muerte. Es tan dura la realidad que casi siempre hemos acudido a ella con “tranquilizantes” mal utilizados. Me refiero, por ejemplo, al tema de la resurrección y la vida junto a Dios. Quiero decir que en ocasiones hemos querido tapar con la Resurrección la muerte, poniendo como fuera de consideración lo que significa morir. Y así, la fe en la resurrección ha sido otra manera más de eludir la muerte.

Y no porque no crea en la Resurrección. Ni porque no crea que la fe en la Resurrección no pueda aportar nada a nuestra reflexión sobre la muerte. Pero intuyo que sin comprender la experiencia de la muerte no podemos comprender lo que significa resucitar, porque percibo que es precisamente en el corazón de la experiencia de la muerte donde se nos revela lo que significa eso que llamamos resurrección.

Hablaré por tanto poco de la Resurrección. Siento si con ello os decepciono (ya me pasó una vez cuando me tocó hablar de la muerte de Jesús). Creo en la resurrección porque creo en la muerte. Y cuando digo creo en la muerte digo algo más que el hecho de que va a suceder como acontecimiento físico, que en él se esconde el misterio de lo que soy… Pero vayamos por partes.

2. Nuestro objetivo

Ésta última idea me permite aclarar lo que pretendemos en esta reflexión. Por supuesto, no hablamos de la muerte para, como era norma en otros tiempos, asustar la vida, relativizar el valor de la vida o amenazarla, Pero tampoco quiero hablar de la muerte para ayudarnos a domesticarla, a taparla, a subordinarla a otra pretendida experiencia más nuclear.

Quiero hablar de la muerte para vivirla humanamente, para comprenderla desde la vida y desde el ser humano que somos cada uno de nosotros. Mirarla cara a cara (en la medida que esto es posible) desnudándola de todos los ropajes que nuestra culutura, nosotros o esas respuestas precipitadas le han puesto encima para ocultarla. Yo lo expresaría con un juego de palabras, pero que a mí me dice mucho: vivir humanamente la muerte, humanizar vivamente la muerte. Hacerla parte esencial de lo humano y hacerla parte esencial de la vida (no flotando sobre ella o en un rincón de la misma).

No quiero pensar en este tema con el deseo de “prepararnos” para poder apaciguarla y no nos muerda en exceso, sino para vivir el hecho de que vamos a morir. Para que algo tan serio como es la muerte sea vivido por mí, desde nuestra experiencia de hombres y mujeres, para que algo tan nuestro como es nuestra muerte se perciba desde la vida y no desde ningún lado oscuro (o excesivamente brillante…)

Y quiero que lo hagamos como discípulos de Jesús. Ello quiere decir que su propia experiencia ilumina la nuestra. De cómo él fue viviendo su muerte podemos encontrar luz sobre cómo vivirla nosotros. Y al contrario, también experimentando la muerte desde nuestra vida podremos adentrarnos más en la experiencia del maestro, comprenderla y adherirnos a él. No nos será difícil adentrarnos en esta experiencia de Jesús porque es un tema nuclear en los evangelios, yo diría que es “el” tema sobre el que los evangelistas construyen sus relatos.

Esta tarea que es vivir humanamente la muerte estoy convencido de que es un camino vital. Es decir, que no es que en un momento puntual de la vida adquiramos esa comprensión, sino que esto supone todo un camino… Y camino vital porque no es una comprensión intelectual (ésa me temo que no sirve para nada)lo que buscamos, sino una compresión desde la vida.

Bueno pues este camino es que pretendo iluminar… Más bien, el camino que quiero recorrer y en el que me gustaría sentirme acompañado por vosotros. En esta luz para el camino, intento orientar, apuntar solamente

3. El camino

  1. Porque es un camino esencialmente personal y tiene que ser recorrido personalmente. Por ahí precisamente quisiera empezar: comprender la muerte supone un camino que tiene que recorrer cada uno personalmente porque es “su” muerte y no otra la que tiene que humanizar desde su vida, vivir desde su humanidad. Esta es mi primera intuición: nadie puede recorrer este camino al que me invito y os invito y no debemos delegar en nadie este camino. Necesito hacer de la muerte mi muerte (qué duras suenan estas palabras… uno siente la tentación de suavizarlas). Mirar cara a cara esta verdad tan humana. Entre otras muchas cosas, esto nos alerta contra soluciones generales, teorías, ideologías, etc. Ni yo ni nadie puede dar recetas para nada en la vida, porque lo vital tiene que ser recorrido por uno mismo Cierto que esto no se hace en todos los momentos, no vamos a estar a todas horas con esta mirada directa. Pero aunque no se haga en todos los momentos, requiere sus momentos. Hay momentos en que nos queremos dejar coger de tu mano… Desde nuestras cegueras reconforta sentir únicamente el calor de tu mano. Sin ver por dónde vamos, pero conscientes de que nos sacas de nuestro pueblo, a un apartado… Para con saliva y tierra ir lavando nuestros ojos. Sabiendo que no vemos nítidamente ni siquiera con tu ayuda, pero con la esperanza de que los ojos se nos abrirán del todo…
  2. El proceso quiere dotar de sentido a la muerte. Algo que visto desde fuera es una cuestión puramente física darle un sentido humano. Quizás suene algo raro esto, pero en definitiva es también lo que hacemos con la vida: también la vida es algo puramente físico… y es posible vivirla así, como cualquier organismo vivo. Sin embargo, intentamos durante toda la existencia elevarnos sobre esta facticidad, sobre esta pura animalidad e intentar encontrar un sentido, algo que trascienda lo puramente físico. De tal manera que convertimos lo importante no tanto en el hecho de vivir, sino en lo que le de significado y color en la vida (amor, verdad, belleza, comunicaciónetc). Pues lo mismo quizás podríamos decir de la muerte (quizás no sea mucho, pero no es poco tampoco): lo que físicamente es pura desaparición y destrucción puede ser “sentidizado”, es decir, dotado de un sentido. Reconozco que quizás sea más difícil que en el caso de la vida, pero quizás no tanto…. Bueno.. Cuál sea ese sentido es precisamente lo que buscamos con este camino y, como decía en el anterior punto, no es algo que esté al principio y se nos dé, sino que tendrá que buscarlo cada uno. Hacer de la muerte “mi” muerte consiste en darle un sentido, un significado para mí… Y destaco aquí sobre todo este para mí. En este punto quería tan solo advertir que el camino requiere como un presupuesto: es posible darle sentido a mi muerte (no sé si a la muerte en general, pero sí a mi muerte. No lo tengo, lo busco… pero creo que es posible.
  3. Intuyo, y esto sea quizás el núcleo de todo lo que voy a decir, que comprender la muerte va muy de la mano de comprender esencialmente la vida, darle un sentido a mi muerte es dar sentido a mi vida. Caminan juntas ambas búsquedas de sentido, una seguro que nos lleva a la otra y se iluminan mutuamente. Porque ambas están tejidas del mismo género. Si algún sentido tiene la muerte tendrá que estar muy ligado al que tenga la vida. Por eso tomarse en serio la muerte y mirarla cara a cara nos pide tomar en serio la propia vida y mirarla cara a cara. Quizás uno de nuestros problemas y miedos, nuestros reparos a encararnos con la muerte sea que no tenemos la seriedad de vida que se requiere para un experiencia así. Y para ello hay que volverse no sobre a vida en general, sino sobre “mi” vida. El camino de búsqueda de sentido de la muerte no es otro que el de la vida. No busquemos en los huecos, en los reversos, en los aposentos anteriores, superiores o inferiores de la vida. Busquemos en la vida misma, en mi vida misma. Si algo hemos aprendido de ti, Maestro, es la unidad que tiene en ti muerte y vida, tan íntimamente unidas que tus discípulos, cuando recordaban lo vivido contigo, todo parecía ser parte de tu muerte y parte tu vida a la vez. Cualquier gesto o palabra tuya era recordada como activando tu muerte y tu vida a la vez. Por eso, la propuesta que aquí os hago es emprender un camino que nos lleve a desentrañar el sentido que tiene “mi” vida. Por eso quizás hable aquí más de la vida que de la muerte.
  4. Para emprender este camino necesito releer mi vida y ver que no sólo he sido un organismo vivo (lo decíamos antes), sino que ha habido experiencias que me han elevado de la mera condición física, experiencias de sentido diría yo, que dan color a la vida. Experiencias como el amor, la paternidad y la filiación, la amistad, la alegría de ciertos momento, el goce estético… Pero no sólo lo positivo: también nuestros fracasos, nuestros desalientos, nuestros límites nunca aceptados, etc.¿No es todo esto un paso más allá que lo puramente fenoménico? ¿Y no es todo ello lo que en definitiva somos? Claro que sí. En todo ello es en lo que nos hemos ido dibujando a lo largo de la vida. Y todas estas experiencias, aquellas que nos hacen, tienen el eco de lo definitivo, de lo irrepetible, de que una vez vivido queda para siempre sin poder volver a ser: una experiencia de amistad o amor, un fracaso, un momento especialmente intenso de amistad… cosas que brillan en el firmamento de nuestra vida de una vez para todas, sin posibilidad de repetirse, pero con un eco que llega a nuestros días. Vamos descubriendo lo de irrepetible y definitivo que tiene todo lo que hacemos. Ha sido… Y no volver a ser… Y es que no puede ni debe volver a ser… Pero ha sido. Pero aun irrepetibles, si son evocadas con esta intensidad es porque permanecen presentes en nosotros de algún modo, que hay una línea que las une a lo que ahora estamos viviendo. Os invito a percibir lo que somos. No somos únicamente un fruto de casualidades y de las corrientes de la vida que nos llevan. Por debajo de todo ello (y todas estas experiencias nos lo demuestran) existo yo. No soy simplemente vivido: vivo yo. Existo yo!
  5. Desde esta mirada, que como os vengo diciendo, se desarrolla a lo largo de toda una vida de búsqueda, voy intuyendo poco a poco lo que podríamos llamar mi lugar en el mundo, el para qué de mi estar vivo. Como veis casi estamos dando vueltas a lo mismo (aunque supongo que en cada vuelta nos llevamos “algo”). A través de esa mirada que me va descubriendo los momentos y las experiencias que me hacen ser humano puedo ir acercándome al para qué de mi vida. No con frases hechas, no con doctrinas religiosas o ideológicas impuestas desde fuera. Tampoco desde la culpabilidad de lo que no he llegado a ser ni desde la fantasía de lo que me hubiera gustado ser. No desde lo que he vivido como fundamental soy capaz de trazar una línea que conecte todo y percibir lo que llamaría mi misión. ¿Qué es lo que estamos llamados a ser en nuestra vida? Esta es la pregunta. Y para responderla no podemos echar mano de ningún manual sino de lo que hemos ido viviendo. Allí está escrito si sabemos leerlo. Unos pueden intuir la entrega familiar como misión, otros una profunda misión profesional que da sentido a todo, etc. Creo que así fue, Jesús, como fuiste tomando conciencia de que todo te llevaba hacia una misión que pusiste como centro organizador de su vida. Le llamaste Reino: esa vida la organizaste en torno a hacer presente la gracia amorosa de Dios para con Israel. Sabemos que esta conciencia no te llegó por ciencia infusa, sino la destilaste de tu propia experiencia, de tus propios tanteos, de tantas horas con los tuyos hablando y escuchando. Allí descubriste qué era lo que en el fondo movía tu vida como centro más profundo. Allí queremos vernos de tu mano: ver nuestra propia misión, el para qué de lo que vivimos. Y en esa misión no sólo veo mis decisiones, mi voluntad, sino también descubro que siendo mía, brotando de mí, alguien la ha puesto en mí, alguien la sostiene. Me atrevo a nombrar a Dios desde mi misión. Lo que me hace ser más yo es lo que más me une a Dios.
  6. Y permitidme aquí que sugiera un nuevo paso en este camino: uno puede leer todo lo que es su misión desde una clave: la desposesión de sí. Ese hilo conductor que es la misión, el para qué de la vida, no es sólo realización personal sino irse “entregando”. O mejor dicho, me realiza entregándome fuera de mí. Uno va viendo que su vida adquiere sentido en la medida en que va saliendo de sí: va siendo a través de ir gastando el ser. Las experiencias citadas antes (amor, fracaso, alegría, paternidad, etc.) son auténticas experiencias de desgaste. Una desposesión en la línea de la misión, pero no por ello menos “entrega”. Y no sólo por nuestra voluntad: el desgaste de las fuerzas, la desaparición de otros, la lejanía, nos hace ir viendo que la vida es precisamente esta continua experiencia de desgaste. Unas veces ofrecida… Otras arrancada. No era eso, Jesús, lo que querías decir con aquello de que quien pierde la vida la gana: precisamente vivir es ir desposeyéndonos de la vida: mostraste en tu propia misión que desgastarse es humanizarse. Así enseñaste a los tuyos a ser humano: dándote todo a ellos, entrega que sólo con nuevas entregas se renueva.
  7. Y no es ésta una desposesión que se derrame y pierda, sino que da su fruto, como la semilla que muere. La desposesión y entrega que ha nacido de nuestra misión ha “fructificado” en algo distinto de ella misma. Por frutos se entiende siempre algo que brota de sí (muy nuestro) pero que a la vez se desprende de nosotros y es distinto… Son frutos en otros seres humanos cercanos, en la historia humana, en la naturaleza… En todo lo que podríamos llamar patrimonio humano. Frutos de nuestra desposesión que hacen vivir y crecer a otros. En algunos casos los tenemos muy conscientes y presentes, fundamentalmente hablo de los que sentimos más cerca… (es lo que hemos sembrado en los hijos, en los amigos, padres, hermanos,…) Pero también sin saberlo a ese pozo común en el que la humanidad se nutre. Cuando hablo de frutos pienso no en ayudas externas, en enseñanzas, en cosas materiales, en lo genético: no es algo de mí que está en el otro (el que conozco y también el que no conozco)… Por eso que soy de verdad, por esa misión por mi humanidad desposeída habito en los otros. Quizás en este punto pueda parecer esto un poco teórico, subido a las nubes… Pero no: lo que ocurre es que estas intuiciones no son accesibles con la sola voluntad de tenerlas: a veces se nos presentan. Y no siempre son fáciles de decir. Hay algo en cada uno de nosotros que se ha enraizado ya fuera de nosotros, que nos ha llevado a otros hogares. Necesitamos una mirada tranquila y profunda para ver todo esto. Ayúdanos, Maestro a sostener esta mirada en la tuya, donde ibas percibiendo cómo quedabas en los tuyos más cercanos, cómo no eras sólo para ellos un rabí o un sabio, sino que aquello que tú vivías con tanta intensidad estaba empezando a nacer en ellos. ¿Qué es la Iglesia sino estos frutos que unos a otros nos vamos entregando? No somos un mero grupo, pero tampoco algo invisible o abstracto previo a nosotros. No. la iglesia son todos estos frutos de creyentes, el fruto de todas nuestras desposesiones y entregas, sostenidas por la del Maestro de Galilea. De ello nos alimentamos. Creer en la Iglesia es creer que todos los que tras generaciones hemos intentado seguir a Jesús hemos creado un patrimonio compartido con nuestras entregas. Y que todo esto es indestructible, piedra fuerte que ni el peor de los males puede destruir
  8. Y desde ahí te atreviste a una apuesta más nuclear y definitiva. Jesús: viste que crecías en ellos y ellos en ti, que tu presencia les hacía crecer. Pero también entreviste que sólo había una manera de lograr que esta presencia fuera definitiva: la muerte. Los acontecimientos violentos en tu contra, la más que probabilidad de que acabases violentamente fue la ocasión que aprovechaste para aquellas desposesión total que haría que los tuyos te recogieran para siempre: una muerte provocada por una fidelidad a la misión hasta el extremo haría que quedases en ellos como ninguna otra experiencia pudiese lograrlo. Ello me hace preguntarme, nos hace preguntarnos, si, en coherencia con nuestra desposesión, desgaste, entrega en la misión, no habrá frutos que sólo nuestra muerte hará madurar, si no habrá una presencia en los otros, en ese patrimonio común, que sólo con mi muerte podré lograr. Pensar que hay algo de mí, algo de lo que soy que sólo puede comunicarse a través de mi muerte. Una irradiación a los demás, al mundo, a nosotros mismos que nunca lograré de otra manera. Sé que es un atrevimiento… pero me atrevo porque tú te atreviste. Una entrega final, total, un fruto total en continuidad con lo que he sido y no como destrucción de lo que he sido. La entrega final unida a todas las anteriores. Permitidme una comparación (que tiene, claro está, la limitación de todas las comparaciones): la muerte como esa clave de las cúpulas: es la última que se pone, sin las anteriores piedras no podría ponerse esta última. Pero luego sostiene a todas las demás. La muerte sostiene así toda nuestra vida, todo lo que hemos sido. Da razón última a toda la vida Muerte como palabra final de todo el relato de mi vida, clave para entenderlo y no sólo un abrupto final del libro.
  9. Con todo lo dicho creo que entenderemos que sólo hay una manera de acoger y hacer nuestra la muerte: con una fe desnuda. Ante la muerte, más desnuda que nunca. Y me refiero a una fe en nosotros, en uno mismo. Es fe en el fruto que somos y que vamos madurando. Fe en que no somos un mero devenir, una caña agitada por el viento, sino que existimos de verdad. Fe en que esa línea fundamental que veo en mi vida, esa misión, es lo que soy. Fe en la realidad misteriosa que soy. Y desnuda, porque la muerte me pone de manifiesto no soy más que esa realidad misteriosa. Nada más. Pero indestructiblemente eso. Fe en Dios. No en el Dios que está detrás de la muerte, sino que Dios que me habita toda mi vida, que es el núcleo de ese misterio que soy. Eres ese Tú en mí, que en un cortejo que dura toda la vida nos vamos buscando. Tú que me has llamado a ser yo mismo. Quisiéramos que en el momento final de nuestra vida podamos decir: sé tú todo en mí, sin reservas, porque sólo así podré llegar a ser yo de verdad. Fe en Dios que es pura y desnuda porque ya no caben más mediaciones, ni imaginaciones, ni medias tintas, ni siquiera palabras que puedan expresarla: sólo nos quedará la fe en ti. En la muerte aprendemos que la desposesión de nuestra vida pide una totalidad insuperable. Ocasión para mostrar que nuestra apuesta por lo que somos no esconde trampa. Así podemos decir contigo, Jesús, maestro y compañero de camino, lo mismo que susurraste en la cruz después de una búsqueda humana insuperable: todo está cumplido. No queda nada ya que hacer, que dar, que desposeer, que entregar para llegar a ser uno mismo. El fruto está maduro y sólo queda de nosotros la fe desnuda, es decir: entonces ya somos lo que hemos estado buscando toda una vida, ya somos de Dios sin reservas: todo está cumplido. En mí, en lo que de mí queda en los otros, en lo que de mí queda en Dios… Todo esta cumplido.
 
 
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