Un símbolo religioso no se basa en creencia alguna, Y sólo donde hay una creencia hay error
(Ludwig Wittgenstein)
 
 
 

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OPIOS NUEVOS

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Juan Antonio Ruescas, bachiller en teología

Quienes creemos que la razón no es una pura contemplación de esencias atemporales e inmateriales sino que es algo más vital y encarnado, debemos ir aprendiendo a pensar y comunicarnos a partir de experiencias concretas de la vida de nuestros ambientes.

Esta reflexión pretende partir de la presencia en ambientes populares. Un elemento fundamental para interpretarlos es el tema del empleo. En nuestro mundo, las diferencias en la riqueza se expresan fundamentalmente en las oportunidades que alguien tiene para conseguir un empleo digno. Los gente de los ambientes obreros es quien menos oportunidades tiene de acceder a unas condiciones de trabajo dignas. En estos ambientes, la vida laboral es precaria, al margen de que se trabaje, se estudie o se esté parado. No es este el momento de profundizar en las causas, pero esta precariedad se debe al contexto económico internacional o, evitando eufemismos, a los vaivenes de la economía capitalista. Y resulta muy curioso con qué autoridad se imponen las explicaciones de los expertos oficiales a las injusticias, o desajustes, como ellos las llaman.

Antes de las revoluciones francesa e industrial, el orden social se justificaba teológicamente. Cabría esperar que hoy día no se diesen este tipo de justificaciones. Sin embargo, creemos religiosamente en las doctrinas de la macroeconomía. Si entendemos la religión en uno de sus peores sentidos, es decir, como conjunto de verdades desencarnadas que hay que creerse, entonces muchos de los registros mentales que encontramos en la religión los encontramos en nuestro asentimiento a las "verdades" de la economía actual. Por supuesto, la comparación no es rigurosa, pero reduce al absurdo mucho del cinismo con el que se nos habla del orden económico mundial. Hace falta mucha fe para creer que existe un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que se revela al hombre y lo plenifica. Hace falta mucha fe para creer que Alá es el único dios y Mahoma es su profeta. Pero no hace falta menos fe para creer que la economía terminará eliminando los desajustes gracias a una "mano invisible". Se necesita mucha fe para creer que el Espíritu Santo actúa transformando la faz de la tierra. Pero se necesita la misma fe o más para creer que debemos ocuparnos de competir a costa de lo que sea para crear riqueza, y que entonces ésta se repartirá.

La gran religión de la macroeconomía tiene sus sacerdotes: esos expertos que hablan con autoridad incuestionable y que nos dicen que hay que dar facilidades para el despido y reducir los gastos sociales. Otra parte del "clero" lleva a cabo una frenética liturgia, en los templos del gran dios Capital. En nuestro país, los templos más importantes están en Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia. Pero los más importantes del mundo se encuentran en Nueva York, Londres, Tokio y Frankfurt. El culto que en estos templos se desarrolla es muy peculiar: se realiza todos los días excepto los festivos. Exige mucho de preparación y conocimientos, y todos los días la prensa nos da cumplida información de qué oráculos han escuchado los oficiantes. Importantísimas teofanías suelen ser que "la economía ha crecido" o que "ha aumentado el volumen de negocio". Y por supuesto, esta fe, muy bien organizada en lo que al aspecto dogmático se refiere, tiene un Magisterio: se llama Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional.

Desde el punto de vista de la filosofía de la religión se han hecho análisis del ámbito de lo religioso que exceden con mucho las ideas a las que aquí recurro. Hecha esta aclaración, digamos que algunas de las aportaciones se han encaminado a definir lo religioso como relación con algo que le hace al hombre sentirse radicalmente inseguro. Lo tremendo lleva a la obediencia rendida ante la absoluta superioridad(1) En muchas ocasiones, las cuestiones que nos resultan más serias, más "intocables" y a veces innombrables son las cuestiones de "conveniencia" económica. Se muestra una obediencia religiosa a los dictámenes de los "iniciados" que conocen como hay que adaptarse a la inescrutable, misteriosa, tremenda e incuestionable coyuntura macroeconómica. Vivimos con fuerza estas creencias cuando asumimos que esta es una sociedad competitiva y no queda sitio para la solidaridad.

Para no caer en ingenuidades, será bueno añadir a las limitaciones ya reconocidas las que apunta ALFREDO FIERRO sobre cualquier concepto que tengamos de religión(2). Y es que al hablar de religión lo hacemos desde las categorías del cristianismo, lo cual nos lleva a hacer una matización: cuando hablamos de que creemos "religiosamente" en el pensamiento neoliberal, hablamos de que lo aceptamos al modo de como se ha vivido durante dos mil años el cristianismo. Pero no podemos asegurar que cualquier otra religión repita esos esquemas, ni siquiera que en rigor se les pueda llamar religiones.

Más que una discusión bizantina sobre si la doctrina neoliberal es la nueva religión, lo importante de esta reflexión es el intento de desenmascarar una visión de las cuestiones sociales que nos incapacita para vencer la resignación y reclamar algo que no es una suerte sino un derecho fundamental: el trabajo digno. Por eso, si aquí se pretendía partir de los problemas de la calle, se nos presenta un camino de vuelta. Solamente líneas de acción como la reflexión y la acción en los ambientes, el compartir experiencias, la formación y la organización harán posible conseguir transformaciones concretas que generen esperanza. Y valores como la gratuidad, la solidaridad y la utopía interiorizados en la cercanía con los problemas, nos autorizarán para alzar la voz y reclamar JUSTICIA.

Notas:
(1)MARTIN VELASCO, J. Introducción a la fenomenología de la religión. Ed Cristiandad. Madrid, 1978. p 87.
(2)FIERRO, A. Sobre la religión. Ed Taurus. Madrid 1979.

 
 
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