La Iglesia sólo es Iglesia cuando sirve a los demás.
(Dietrich Bonhoeffer)
 
 
 

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Hortus conclusus
Marcel Légaut

Légaut y la crítica a los movimientos

 

Légaut y la crítica a los movimientos
Juan Antonio Ruescas

¿Para qué sirve la Iglesia?, ¿qué nuevas formas debe adoptar?, ¿cuál es el sentido de sus actuales prácticas? En los finales de este milenio, se aprecia un considerable interés por el tema. La Iglesia pide perdón por sus pecados pasados y se prepara el “tercer milenio de la Encarnación”, acontecimiento en el que reflexionará sobre sí misma, mirando el camino que lleva recorrido y considerando a qué tiene que convertirse en el futuro. La actualidad editorial nos muestra que ciertamente interesa la cuestión del presente y el futuro de la Iglesia. Podemos señalar por ejemplo, la reciente publicación de dos libros: ¿A dónde va la Iglesia? de Medard Kehl (Sal Terrae, Santander 1998) y ¡No tengáis miedo! de Bernard Sesboué (Sal Terrae, Santander 1998). Hace algunos años, Marcel Légaut ya se hacía preguntas de este tipo (Creer en la Iglesia del futuro, Sal Terrae, Santander 1988) .

¿Qué es, en definitiva aquello fundamental a lo que la Iglesia tiene que dedicarse? Para Légaut, lo más fecundo que podemos hacer es favorecer la vida espiritual, facilitar que la gente sea lo suficientemente honrada consigo misma como para construir, sobre esos cimientos de calidad humana, un auténtico encuentro con el Dios de Jesús, que ante todo es humanizador. Sólo esto puede hacer que los cristianos seamos algo más que un colectivo unido por un absurdo sentimiento gregario. Quien se inicia en esta tarea irradia, a veces sin darse cuenta y con una fecundidad que sólo el futuro descubrirá, los efectos humanizadotes de una corriente que se remonta a Jesús y recorre la historia en cada verdadero discípulo suyo.

Ni siquiera los cristianos que consideramos más comprometidos está libres de caer en el activismo, el dogmatismo, el ritualismo vacío, el tradicionalismo a ultranza, u otros subterfugios que nos descuiden de esa tarea esencial. Desde estos planteamientos, Marcel Légaut hace una crítica que yo recojo y reconvertimos en autocrítica, pues lo hace pensando en los movimientos de Acción Católica, cuyas afinidades con Ediciones Maremagnum nadie desconoce (RUT pertenece a Ediciones Maremagnum y Totum Revolutm Press). Según este místico francés, los movimientos están presionados por el interés inmediato de una eficacia visible. Corren el peligro de buscar ante todo la convocatoria del “gran número” y de pensar —aunque no lo confiesen— que cuanta más gente muevan mejor lo están haciendo. Y, sin embargo, la añoranza de lo masivo casa mal con la verdadera fecundidad humana y creyente. La presión de la eficacia visible también está relacionada con la importancia que los movimientos dan a la acción. Podemos caer en el error de transformar la realidad sin transformarnos a nosotros mismos. Desde la fidelidad a la pedagogía de la acción (educar a la vez que se actúa y no dejar esto para el final) muchos debemos asumir que incluso sobre el valor de la acción, la formación estandarizada, el cerrarse a un ambiente sin interesarse por otros y la asimilación acrítica del discurso, hace que los miembros de estos movimientos pocas veces perseveren cuando están solos. Según Légaut, lo que se esconde detrás de todo esto es la “mediocridad de las preocupaciones religiosas” de los que se aglutinan en estos colectivos. Esta sería la gran laguna, el problema que nos exige respuesta con más urgencia. Porque las acciones desde esta opción tienen el peligro de desviar nuestro interés hacia la obtención de resultados visibles.

Otro gran peligro, muy relacionado con lo anterior, es el dogmatismo. Lo que llamamos formación del militante, puede esconder un mero proceso de adoctrinamiento, si no dejamos a la creatividad el espacio que se merece. Por no adaptarnos a cada caso concreto, podemos impedir la honradez de cada uno consigo mismo. Este peligro se hace problema real cuando los movimientos repiten una formación estándar, reproduciendo siempre ideas que se expresan de forma invariable.

Realmente, es muy dura la crítica de Légaut a los movimientos. Llega a decir que se puede dudar de que haya un acompañamiento real: los procesos en los que buscamos resultados inmediatos, siempre tienen el peligro de agotar (“quemar” solemos decir) a los cristianos. Y, lo que es peor: es frecuente que éstos que se queman sean los más inquietos y profundos. Debemos repetir que éste es un ejercicio de autocrítica, no de crítica, y mucho menos de lanzamiento de arma arrojadiza. Tampoco es un repliegue hacia el espiritualismo y el individualismo religioso que se limita a la esfera de lo privado. Pensamos todo esto desde la opción por la pedagogía de la acción y por la importancia de la transformación. De hecho, esta crítica sirve igualmente para las parroquias. Légaut afirma que éstas no permiten el trabajo de profundización humana que es necesario para ser verdadero discípulo. En el más favorable de los casos, el mantenimiento de la estructura parroquial actual sólo puede lograr que el ocaso de la actual configuración de la Iglesia sea más lento.

Este quiere ser un ejercicio de autocrítica a partir de ideas legautianas. Y así, RUT se suma a la preparación del jubileo ofreciendo pistas para que la Iglesia siga convirtiéndose.

 
 
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