La Iglesia sólo es Iglesia cuando sirve a los demás.
(Dietrich Bonhoeffer)
 
 
 

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El combate por la luz, de Carlos Marzal

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De tanto ver la luz hemos perdido

la recta proporción de ese milagro,

que otorga a la materia su volumen,

contorno fiel al mundo que queremos

y límite a los puntos cardinales.

A fuerza de costumbre, hemos dado en creer

que es un merecimiento, cada día,

que el día se levante en claridad

y que se ofrezca límpido a los ojos,

para que la mirada le entregue un orden propio,

distinto a los demás, y lo convierta

en nuestra inadvertida obra de arte.

Hay una ingratitud consustancial

al hecho de estar vivos, un intrínseco

poder de desmemoria, y nos impiden

brindar a cada instante el homenaje

que cada instante de verdad merece,

por su absoluta magia de estar siendo,

en vez de no haber sido en absoluto.

Con cada amanecer dubitativo,

con cada tumultuoso amanecer,

la luz arrasa el reino de la noche

y emprende su combate. En el confuso

magma de oscuridad, con cada aurora

triunfa la exactitud de cuanto existe

sobre la vocación de incertidumbre

que tienta con su nada a lo real.

En toda madrugada se renueva

un conjuro de origen, esa fórmula

que impuso el movimiento al primer día.

Somos testigos, en el alba pura,

del trono en que la luz alza su reino

y lo concede intacto a cualquier súbdito.

Conviene contemplar la luz con más paciencia,

brindarle una atención encandilada,

el sumiso homenaje con que un bárbaro

descubre reverente en su aventura

la tierra que jamás ha visto nadie.

De "Metales Pesados" 2001

 
 
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